28 de mayo de 2010

El Frente Negro N° 6


ARTE, CRÍTICA Y RESISTENCIA

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15 de mayo de 2010

Discurso de Perón (Agosto 1955)




Discurso del general Peron en Plaza de Mayo, un mes antes de su
derrocamiento, en agosto de 1955.

"QUE CADA UNO SE PREPARE DE LA MEJOR MANERA PARA LUCHAR".

Compañeros y compañeras:

He querido llegar hasta este balcón, ya para nosotros tan memorable, para
dirigirles la palabra en un momento de la vida política, y de mi vida, tan
trascendental y tan importante, porque quiero en viva voz: llegar al corazón
de cada uno de los argentinos que me escuchan. Nosotros representamos un
movimiento nacional cuyos objetivos son bien claros y cuyas acciones son
bien determinantes, y nadie, honestamente, podrá afirmar con fundamentos que
tenemos intenciones o designios inconfesables. Hace poco tiempo esta Plaza
de Mayo ha sido testigo de una infamia mas de los enemigos del pueblo.
Doscientos inocentes han pagado con su vida la satisfacción de esa infamia.
Todavía nuestra tremenda paciencia y nuestra extraordinaria tolerancia,
hicieron que no solamente silenciáramos tan tremenda afrenta al pueblo y a
la nacionalidad, sino que nos mordiéramos y tomáramos una actitud pacifica y
tranquila frente a esa infamia. Esos doscientos cadáveres destrozados
fueron un holocausto mas que el pueblo ofreció a la Patria. Pero esperamos
ser comprendidos, aun por los traidores, ofreciendo nuestro perdón a esa
traición. Pero se ha visto que hay gente que ni aun reconoce los gestos y la
grandeza de los demás. Después de producidos esos hechos, hemos ofrecido a
los propios victimarios nuestra mano y nuestra paz. Hemos ofrecido una
posibilidad de que esos hombres criminales, y todos, se reconcilien con su
propia conciencia. ¿Cuál ha sido su respuesta? Hemos vivido dos meses en
una tregua que ellos han roto con actos violentos, aunque esporádicos e
inoperantes, pero ello demuestra su voluntad criminal. Han contestado los
dirigentes políticos con discursos tan superficiales como insolentes. Los
instigadores, con su hipocresía de siempre, sus rumores y sus panfletos. Y
los ejecutores, tiroteando a los pobres vigilantes en las calles. La
contestación para nosotros es bien clara: no quieren la pacificación que le
hemos ofrecido. De eso surge una conclusión bien clara: quedan solamente
dos caminos: para el gobierno, una represión ajustada a los procedimientos
subversivos y para el pueblo, una acción y una lucha que condigan con la
violencia a que quieren llevarlo. Por eso, yo contesto a esta presencia
popular con las mismas palabras del 45: a la violencia le hemos de contestar
con una violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado
el derecho de reprimirlos violentamente. y desde ya, establecemos como una
conducta permanente para nuestro movimiento. Aquel que en cualquier lugar
intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en
contra de la Ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier
argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va
dirigida contra los que ejecutan sin a también contra los que conspiran o
inciten. Hemos de restablecer la tranquilidad entre el gobierno, sus
instituciones y el pueblo, por la acción del gobierno, las instituciones y
el pueblo misma. La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de
una organización es contestar a una acción violenta con otra mas violenta. y
cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos. Compañeros y
compañeras: hemos dado suficientes pruebas de nuestra prudencia. Daremos
ahora suficientes pruebas de nuestra energía. Que cada uno sepa que donde
está un peronista estará una trinchera que defiende los derechos de un
pueblo. Y que sepan también, que hemos de defender los derechos y las
conquistas del pueblo argentino aunque tengamos que terminar con todos
ellos. Compañeros: quiero terminar estas palabras recordando a todos ustedes
y a todo el pueblo argentino que el dilema es bien claro: o luchamos y
vencemos para consolidar las conquistas alcanzadas, o la oligarquía las va a
destrozar al final. Ellos buscan con diversos pretextos. Habrá razones de
libertad, de la justicia, de la religión, o de cualquier otra cosa para
alcanzar los objetivos que persiguen. Pero una sola cosa es la que ellos
buscan: retrotraer la situación a 1943. Para que ello no suceda estamos
todos nosotros, para oponer a la infamia, a la insidia y a la traición de
sus voluntades nuestros pechos y nuestras voluntades. Hemos ofrecido la
paz. No la han querido. Ahora hemos de ofrecerles la lucha, y ellos saben,
que cuando nosotros nos decidimos a luchar, luchamos hasta el final. Que
cada uno de ustedes recuerde que ahora la palabra es la lucha y la lucha se
la vamos a hacer en todas partes y en todo lugar. Y también que sepan que
esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos
aniquilado y aplastado. Y ahora compañeros, he de decir por fin, que ya he
de retirar la nota que he pasado pero he de poner al pueblo una condición
que así como antes no me canse de pedir prudencia y de aconsejar calma y
tranquilidad, ahora le digo que cada uno se prepare de la mejor manera para
luchar. Tenemos para esa lucha el arma mas poderosa, que es la razón; y
tenemos también para consolidar esa arma poderosa, la Ley en nuestras manos.
Hemos de imponer calma a cualquier precio y para eso es que necesito la
colaboración del pueblo.

14 de mayo de 2010

Alcances a la filosofía de Max Stirner

Por Ricardo Andrade Ancic


"Por el crimen es como el egoísta se ha afirmado siempre y ha derribado con mano sacrílega los santos ídolos de sus pedestales. Romper con lo sagrado, o mejor aún, romper lo sagrado, puede hacerse general. No es una nueva revolución que se acerca; ¿pero no retumba un crimen potente, orgulloso, sin respeto, sin vergüenza, sin conciencia, con el trueno en el horizonte, y no ves que el cielo, henchido de presentimientos, se oscurece y se calla?"

Max Stirner

1

Johann Caspar Schmidt, profesor en el Centro de Educación de Señoritas de Berlín, publicó en 1844, bajo el pseudónimo de Max Stirner, su obra Der Einzige und Sein Eigenthum (El Único y su Propiedad). Por su radicalidad individual y anarquista, los ambientes oficiales de la filosofía e incluso los disidentes rechazaron oficialmente la obra como escandalosa y desatinada. Sin embargo, en privado muchos estaban sobrecogidos y, al mismo tiempo, fascinados por el autor y su osado pensamiento. Ludwig Feuerbach admitió en una carta a su hermano que el autor era "el escritor más genial y libre que había conocido". Karl Marx incluso se vio incitado a escribir una crítica sobre el libro, de gran calidad aunque nunca fue publicada. Su repercusión prosiguió en décadas posteriores: Edmund Husserl, Carl Schmidt, Georg Simmel, Rudolf Steiner y Ernst Junger lo citan en comentarios, entrevistas o en obras menores; tampoco es menor la polémica originada en Alemania pocos años después de la muerte de Friedrich Nietzsche, en torno a la pregunta de si el filósofo de Rocken había sido influenciado por Stirner. ¿Por qué el interés por este filósofo proscrito por sus contemporáneos, cuyo pensamiento fue considerado, dentro de los círculos académicos, de "inmoral"?

2

Max Stirner no es, en el estricto sentido de la palabra, un filósofo anarquista. Es más bien, un solipsista moral. Sin embargo, del mismo modo que sus contemporáneos los socialistas utópicos (Saint-Simon, Fourier, Owen) y los individualistas ingleses (Godwin, Shelley), en su pensamiento se anidan una gran cantidad de ideas que serán fundamentales en la constitución del anarquismo como doctrina política y social. Entre ellas, se distinguen su crítica del Estado, de la burguesía, de las instituciones políticas y de la educación, como precursoras de las filosofías sociales desarrolladas por Proudhon y Bakunin.

Max Stirner nació en Bayreuth el 26 de octubre de 1806. Cursa estudios de filosofía y filología clásica, frecuenta las universidades de Erlangen, Königsber, Berlín, donde escuchó a Hegel y a Schleiermacher. Durante un tiempo considerable se desempeñó de profesor en un internado para señoritas berlinés. Estuvo vinculado a los jóvenes hegelianos, el grupo de los "libres" (Die Freien) compuesto por ilustres pensadores como Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer, David Strauss, Arnold Rouge, August von Cieszkowski, Karl Scmidt, Edgar Bauer, Friedrich Engels y Karl Marx. Stirner se sumerge en este ambiente durante cuatro años. En 1842 aparece en Colonia, la Gaceta Renana, formada por Heinrich Bürgers, Hess, Marx, Bruno Bauer, Köppen y Stirner. Pero tiempo después este círculo se escinde en dos tendencias. Los del grupo de Marx, Rouge y Hess, marcan distancia con respecto a Hegel y los segundos con los Bauer y la liga de los libres: Mayen, Buhl, Köppen, Nauwerk y Stirner, que piensan en la revolución de las conciencias a través de una crítica negativa, de carácter ateo y carente de reglas. Muy pronto irá más allá de los límites de la crítica ideológica de éstos, centrada en la religión y en las vetustas formas de la filosofía académica.

En 1844 publicó el libro que lo hizo famoso, el único que escribió en realidad, por lo que será recordado: Der Einzige und Sein Eigenthum (El Único y su Propiedad). La obra escandaliza y arma revuelo entre la intelectualidad. Hess y Feuerbach escriben reseñas de su libro; Marx y Engels en La Ideología Alemana le dedican mayor atención que a cualquier otro autor. Su libro es prohibido y al levantarse la prohibición, la obra incita la curiosidad del público, quedando agotada la primera edición, pero al reimprimirse la popularidad ya es escasa y su obra no le otorga la gloria con la que él había soñado.

Ya sin dinero ni trabajo su esposa le abandona, y hundido en la miseria malvive de la pluma y algunas traducciones, que son su principal fuente de ingresos. En 1848 no es partícipe de la revolución y entre 1853 y 1854 es encarcelado por deudas impagas y al salir de prisión cambia continuamente de domicilio a fin de zafarse de sus acreedores. El 25 de junio de 1856 muere a consecuencia de la picadura de un insecto volador, en la mayor pobreza y olvido.

3

Aunque la primera edición de Der Einzige und Sein Eigenthum tuvo un éxito aceptable e inmediato, la reedición lanzada en el momento en que la filosofía de Nietzsche era cada vez más popular relanzó la (mala) fama de Stirner en forma póstuma. Algunos contemporáneos afirmaban que se había autorizado esa nueva edición debido a que la censura de Berlín lo consideraba un libro de ideas tan exageradas que nadie estaría de acuerdo con él.

Comprender la filosofía de Stirner implica en grado extremo entender la estructura de su obra. De acuerdo al estudio de Lawrence Stepelevich, Der Einzige und Sein Eigenthum sigue el modelo impuesto por Phänomenologie des Geistes (La Fenomenología del Espíritu) de Hegel. El hegelianismo de Stirner es esencial: esta escuela filosófica tiene como materia central la llamada Dialéctica, concepto que, en pocas palabras, puede definirse como la resolución de dualismos a través de la búsqueda de un tercer sujeto que explicaría los dos primeros. Stirner es hegeliano en este sentido, siendo su tríada principal Materialismo - Idealismo - Egoísmo.

Stirner se deja guiar por la insistencia de Feuerbach de asociar la filosofía al ente individual, para más tarde defender esta insistencia frente al "Hombre" de Feuerbach. El primer capítulo de El Único y su Propiedad, "Una Vida Humana", es una aseveración del desarrollo dialéctico como si ocurriera en la vida de las personas. Utilizando como ejemplo literal el crecimiento de un ser humano y su relación con la "varilla de castigo", metafóricamente se entiende que como niño se está en el estado Materialista y se teme a la varilla, como adolescente ha realizado "el primer auto-descubrimiento, la Mente" y ha vuelto a la varilla a través del Idealismo; como adulto el Idealismo también es visto a modo de varilla, y pragmáticamente hablando, el interés egoísta ha sido asumido.

El capítulo 2 continúa en la línea de Cieszkowski , "Los hombres de antaño y lo nuevo", pasa a ser una descripción del mismo desarrollo a lo largo de la historia. El capítulo termina refiriéndose a sus amigos Die Freien, criticándolos por no representar del todo la disolución dialéctica de la oposición Materialismo/Idealismo, sino más bien siendo "los más modernos de los modernos". En otras palabras, los últimos Idealistas.

"Iguales es ser tratados de la misma manera" es una aseveración principal en el estado Idealista y la base de la "crítica" hegeliana. Por la dinámica interna de la crítica, "iguales" y "de la misma manera" se vuelven categorías cada vez más amplias, y la "critica" se vuelve contra sí misma, cayendo por su propio peso.

"Si las presuposiciones que han sido hasta ahora vigentes son fundidas en una total disolución, no deben ser disueltas en una presuposición más grande nuevamente - un pensamiento, una manera de pensar en sí misma, la crítica. Aquella disolución se puede por mi bien; de lo contrario pertenecería solamente en la serie de innumerables disoluciones..." Max Stirner

Este es el punto de partida de la filosofía de Stirner, el colapso del Idealismo y la necesidad de una nueva síntesis. Esta nueva síntesis no puede, sin embargo, ser un concepto fuera del mundo, lo que Stirner llama una idea fija. Plantea que la síntesis debe ser hallada en interés de lo Único - el Egoísta. Esta síntesis, como aseveración aislada, coloca a Stirner en la misma categoría de Thomas Hobbes y Friedrich Nietzsche, con las lógicas diferencias del concepto que se encuentran en las obras de estos pensadores.

4

Como prefacio para El Único y su Propiedad, Stirner coloca una frase de Goethe: "Ich hab, mein Sach' auf Nichts gestellt" (He fundado mi causa en la nada). En este fragmento, nos muestra como el Sultán, Dios, el Bien, etc. no están sirviendo a nada más allá de ellos mismos, más bien han hecho de ellos mismos el más elevado bien a servir. "Por mi parte he tomado una lección de ellos, y propongo, en lugar de servir desinteresadamente a esos grandes egoístas, más bien ser el egoísta yo mismo". El Egoísmo para Stirner es simplemente el seguimiento de los propios intereses como la persona única que uno es. Al ¿cuáles son mis intereses? de alguien, Stirner diría que sus intereses son tan únicos como él mismo, y que estaría en sí mismo descubrirlos. Ya que los intereses propios y las ideas fijas se encuentran en una posición opuesta, no hay más punto de referencia moral que los valores elegidos por el Único.

La realidad se reduce, según Stirner, al Único, es decir, al individuo; sólo del yo individual puede decirse que verdaderamente existe. Por lo tanto, todos los valores que se basan en lo universal y que suponen la existencia de lo común, tales como verdad, libertad, justicia, etc., han de ser desechados, para dejar lugar al único valor que se funda en el Único, esto es, la Propiedad (Eigentum), a la pura expresión de la absoluta individualidad. Por lo tanto, toda nuestra cultura estaría basada en un error: el hecho de hacer del hombre un mero instrumento de las quimeras creadas por su propia fuerza creadora. El yo es el Absoluto, trasciende por sobre todas las Ideas, sean estas la Religión, la Sociedad, el Liberalismo, la Historia, el Progreso, el Humanismo, la Libertad etc. "Nada prevalece por sobre mí" concluye Stirner, convirtiéndose en el nominalista más radical antes de Nietzsche.

En el sentido mencionado Stirner permanece en la tradición del hegelianismo de izquierdas, por cuanto la emancipación del hombre se entiende como liberación de la esclavitud bajo los fantasmas y las relaciones sociales producidos por uno mismo. Si bien Feuerbach ya lo había anticipado en su crítica de la religión ("Dios es el hombre alienado"), y Marx lo recoge para convertir la productividad en la prisión de los productores, Stirner radicaliza la crítica. Es verdad, dice, que se ha destruido el "más allá fuera de nosotros" (tal como lo entendería Nietzsche con la muerte de Dios y la moral fundada en él). Queda intacto, sin embargo, el "más allá en nosotros". Stirner acusa a los hegelianos de izquierda de que, después de matar a Dios, no han tenido nada más urgente que, en lugar del más allá antiguo, poner un más allá interior. ¿A qué se refiere Stirner con el "más allá en nosotros"? Por una parte, con ello se designa lo que luego Freud llamará el "superyo", a saber, la hipoteca heterónoma de un pasado que la familia y la sociedad han implantado en nosotros, una hipoteca de la que procedemos. Y la expresión se refiere también al dominio de los conceptos generales instaurado en nosotros, de conceptos como "Humanidad", "Humanismo", "Libertad". El yo, cuando despierta a la conciencia, se encuentra cautivo en una red de conceptos que tienen fuerza normativa, y con los que el sí mismo interpreta su existencia, carente en sí misma de nombres y conceptos. Stirner ya ponía en validez el principio existencialista de que la existencia precede a la esencia. La meta perseguida por Stirner es, al fin y al cabo, que el individuo vuelva a su existencia sin nombre y romper sus ataduras esencialistas.

Para el nominalista medieval Dios es aquel abismo que se ha creado a sí mismo y ha creado el mundo de la nada, y estando su libertad encima de toda lógica y verdad. Para Stirner el individuo inefable es una libertad "fundada en sí misma y en nada más". De este modo "yo no soy nada en el sentido de un vacío, sino la nada creadora, la nada de la que yo mismo como creador lo creo todo".

5

Esta apología de la individualidad convierte al hombre en un ser solitario, nómada, aislado de la sociedad y los demás hombres. En este punto Stirner se diferencia del anarquismo clásico, puesto que se opone no sólo al Estado sino a la Sociedad. Si bien Bakunin y Kropotkin colocaban al individuo como un valor supremo, el concepto exige la convivencia con los otros individuos. Para ellos, sólo en la interrelación humana el individuo puede ser reconocido como tal. Stirner, en cambio, afirma: "Volksfreiheit ist nicht meine Freiheit" (La libertad del pueblo no es mi libertad). La individualidad del anarquista se funda en la individualidad del prójimo; para Stirner se funda en sí misma, o mejor dicho, en nada.

Entonces, ¿cómo se aplica la noción de Eigentum en la relación del individuo con otras personas? La respuesta de Stirner la desarrolla con el concepto Der Verein der Egoisten (La Unión de Egoístas).

Pueden identificarse tres formas de interacción con otra persona, desde el punto de vista del Egoísmo stirneriano:

1. El Vínculo: Esto es un encuentro de dos personas según cómo "deben" comportarse con respecto al otro. No se trata de un encuentro "asignado", sino más bien un encuentro de acuerdo con el "deber". Un ejemplo de este tipo sería la relación entre el "Padre" y el "Hijo". Estos conceptos siempre serán considerados en un sentido descriptivo, pero en el encuentro entre estas dos personas según tales roles, se reúnen de acuerdo a un "deber". Los roles son adscritos cuando la relación es vista como un objeto estático.

2. La Propiedad: La relación puede ser dispuesta por voluntad de uno de los lados. En éste, uno es el Único mientras que el Otro pasa a ser la Propiedad (para quien es el Único). Tal vez este es el estado de las cosas donde podemos decir "Hell is the Other" (cuando ese Otro es el Único y yo soy la Propiedad). Este enfoque no se remite al egoísta hobbesiano, que yace en las relaciones de riqueza y posesión. Stirner lo ejemplifica con dos amigos pequeños divirtiéndose con sus juguetes, o dos personas yendo juntos al bar.

3. La Unión: La relación es entendida como un proceso. Es un proceso en el cual la relación es continuamente renovada por ambas (todas) partes, apoyado a través de un acto de voluntad. La Unión requiere que ambas (todas) facciones estén presentes a través del egoísmo consciente - la propia voluntad. Si una parte se encuentra a sí misma sufriendo silenciosamente, pero lo aguanta y mantiene las apariencias, la unión ha degenerado en cualquier otra cosa.

Solamente después de entender la Unión de Egoístas Stirner se aproxima a la relación última - mi relación con el yo mismo. En la sección titulada "Mi auto-placer", Stirner establece la mera valoración de la vida frente al placer de la vida. En el primer punto de vista, Yo soy un objeto a ser preservado. En el segundo Yo me veo a mí mismo como el sujeto de todos mis lazos valóricos.

En este sentido, Stirner puede rechazar la pregunta "¿qué soy?" y reemplazarla por "¿quién soy?", una pregunta que tiene la respuesta en la persona concreta que realiza la pregunta. Como anteriormente se señaló, este es la "nada" con la cual Stirner se refiere al Yo, no en el sentido de ser un "vacío" sino de ser una "nada creadora". Este hombre, libre de quimeras y conceptos abstractos que determinan su existencia, finalmente tiene Propiedad sobre Sí Mismo.

6

"Sabe que el hombre se comporta en forma religiosa o creyente no sólo en relación con Dios, sino también en relación con otras ideas, como el derecho, el Estado, la ley, etcétera, es decir, reconoce las ideas fijas por doquier. Y así quiere disolver el pensamiento a través del pensamiento." Max Stirner

Cuando El Único y su Propiedad fue publicado en 1844, Marx y Engels, compañeros de Stirner en el grupo Die Freien, se convirtieron en sus principales detractores. Escribieron una extensa refutación palabra por palabra del polémico libro, acusando a Stirner de ser un "pequeño burgués". Engels, por su parte, se refiere a Stirner en forma explícita en su popular libro de 1888 "Ludwig Feuerbach and the End of Classical German Philosophy", como una "curiosidad" en el "proceso de desintegración de la escuela hegeliana de pensamiento". Marx siempre consideró al libro de Stirner como una amenaza, siendo el comienzo de sus futuras confrontaciones con otros ideólogos anarquistas. Se vio incitado a reprimir estas ideas ya en su carácter psicológico como en su rol dentro de la historia de la teoría de las ideas. La influencia de Stirner en Marx es paradójicamente importante, ya que en el desarrollo de la crítica hacia El Único y su Propiedad se encuentra el germen de su teoría de la historia, en la que la voluntad de libertad se transforma en la disposición a servir a una lógica determinista. De cualquier modo, el siglo siguiente se encargó de demostrar lo que puede provocar la fe ciega en la lógica histórica. En su crítica de las construcciones universalistas de la liberación, Stirner se mostró más certero que Marx.

La influencia de Stirner en la filosofía del siglo XIX fue determinante, sobre todo para la escuela del anarquismo individualista alemán, quien nació hacia 1890 directamente de sus escritos. Para el movimiento anarquista clásico, su obra resulta valiosa sobretodo en su crítica del ascendente liberalismo burgués. Para Stirner, esos conceptos de igualdad y libertad eran un modo de subordinarse al Estado, una verdadera máquina de opresión: "El Estado vino a ser así la verdadera persona ante la que desaparece la personalidad del individuo; no soy Yo quien vivo, es él quien vive en Mí". Hoy en día, el anarquismo ha recuperado el individualismo stirneariano, penetrando con más fuerza en los movimientos obreros tras el debilitamiento del marxismo.

Algunos autores lo consideran un precursor de Nietzsche. Según Karl Löwith, en ninguno de los escritos de Nietszche nombra a Stirner, pero sí existen pruebas de que lo había leído. Ida Overbeck, amiga personal del filósofo, relata cómo, en presencia de su alumno Baumgartner, Nietzsche designó la obra de Stirner como «la más audaz y consecuente desde Hobbes». Eduard von Hartmann, por su parte, acusó a Nietzsche de plagio, de encubrir la influencia que Stirner había tenido en él. Hartmann argumentaba que Nietzsche, en su segunda Intempestiva, había criticado exactamente aquellos pasajes de la obra de Hartmann en los que se rechazaba explícitamente la filosofía de Stirner. O sea que, aun cuando sólo fuera por este camino, Nietzsche tenía que conocer a Stirner. Hartmann resalta además el paralelismo de ciertos pensamientos, y plantea entonces la pregunta de por qué Nietzsche, si bien se dejó influir con seguridad por Stirner, sin embargo lo silenció sistemáticamente. La respuesta a esta acusación la formuló Rahden, un contemporáneo: "Nietzsche habría quedado desacreditado para siempre entre las personas formadas de todo el mundo si hubiera dejado notar algún tipo de simpatía por un burdo y desconsiderado Stirner, que hace alarde de un desnudo egoísmo y anarquismo." Dada la mala fama de Stirner, es fácil imaginarse que Nietzsche no quería verse asociado a él ni por un instante.

Otros autores han expuesto la tesis que considera a Stirner uno de los primeros existencialistas, un precursor de Kierkegaard. Para Karl Löwith, el filósofo danés continúa la línea de Stirner como la antítesis de Marx. Como Stirner, hace descansar la totalidad del mundo social en el propio Ego. Pero al mismo tiempo se contradice con él al colocar lo individual "antes de Dios", el creador del mundo, en vez identificar lo individual con la "nada creadora". Para otros estudiosos, si el existencialismo cristiano debe a Kierkegaard su impulso original, ¿por qué el existencialismo ateísta no ha reconocido su deuda con Stirner?

7

El individualismo extremo alcanza su clímax en el anarquismo, la lucha contra la autoridad establecida, cuyo instrumento es el Estado. Pero si buscamos el prototipo del individualista anarquista, lo encontramos en Max Stirner y su obra "El Único y su Propiedad". No es un libro "peligroso", puesto que la filosofía que contiene es, para la mayoría de los estudiosos, impracticable. Pero su importancia radica en ser un grandioso golpe liberador, a veces caprichoso y burlesco. Incita a un examen de conciencia, destruyendo los "falsos fantasmas", aquellos universales que engendran en nosotros realidades perniciosas que nos encierran en una existencia desnaturalizada y desilusionada. En el Individuo implica el dejarlo todo: el Estado, la Religión, la Sociedad, las Leyes, el Hogar, la Familia... Es una rebelión contra todas las ataduras sociales, en persecución de la "Propiedad del Único":

"Estos principios son elementales para todo individualista. El individualismo de Stirner tiene un lado racional y majestuoso. Su Único es un animal hambriento, oculto en lo más recóndito del hombre, pero un animal que posee inteligencia e imaginación y que tiende a satisfacer todas las exigencias de su naturaleza física y psíquica. Si separamos los harapos de la hipocresía y la sucia máscara de las convenciones; si ponemos al descubierto el corazón del hombre, hallaremos realmente un ser que se ama y que se adora a sí mismo, creyendo que los demás le aman y que su adoración le será útil. El hombre es belicoso. Sea cual fuere el grado de «civilización» al cual nos elevásemos, combatiremos por nuestro egoísmo y por la «Propiedad del Único». El «Yo» pasa ante la ley y sigue siendo la virtud primordial".

2 de mayo de 2010

Sobre el nihilismo y la rebeldía


Por Ricardo Andrade Ancic


Sobre el Nihilismo y la Rebeldía en la Obra de Ernst Jünger

I

Ernst Jünger (1895-1998), autor de diarios claves sobre lo que se llamó la estética del horror, así como de un importante ensayo -El Trabajador- acerca de la cultura de la técnica moderna y sus repercusiones, está considerado, incluso por sus críticos más acerbos, como un gran estilista del idioma alemán, al que algunos incluso ponen a la altura de los grandes clásicos de la literatura germánica. Fue el último sobreviviente de una generación de intelectuales heredada de la obra de Oswald Spengler, Martin Heidegger, Carl Schmitt y Gottfried Benn. Apasionado polemista, nunca estuvo ajeno de la controversia política e ideológica de su patria; iconoclasta paradójico, enemigo del eufemismo, "anarquista reaccionario" en sus propias palabras, abominador de las dictaduras (fue expulsado del ejército alemán en 1944 después del fracaso del movimiento antihitlerista) y las democracias (dictaduras de la mayoría, como las llamó Karl Kraus, líder espiritual del círculo de Viena). En 1981, Jünger recibió el premio Goethe en Frankfurt, máximo galardón literario de la lengua germana. Sus obras, varias de ellas de carácter biográfico, giran sobre el eje de protagonistas en cuyas almas el autor intenta plasmar una cierta soledad y desencantamiento frente al mundo contemporáneo; al tema central, intercala disquisiciones acerca del origen y destino del hombre, filosofía de la historia, naturaleza del Estado y la sociedad. Por sobre esto, sus obras constituyen un llamado de denuncia y advertencia ante el avance incontenible y abrasador del nihilismo como movimiento mundial, a la vez que se convierten en guías para las almas rebeldes ante este proceso avasallador.

II

Pero, ¿qué es el nihilismo? Jünger, en un intercambio epistolar con Martin Heidegger, expuso sus conceptos sobre el nihilismo en el ensayo Sobre la línea (1949). Basándose en La voluntad de poder de F. Nietzsche, lo define, en primer término, como una fase de un proceso espiritual que lo abarca y al que nada ni nadie pueden sustraerse. En sí mismo, es un proceso determinado por "la devaluación de los valores supremos", en que el contacto con lo Absoluto es imposible: "Dios ha muerto". Nietzsche se caracteriza como el primer nihilista de Europa, pero que ya ha vivido en sí el nihilismo mismo hasta el fin. De esto Jünger recoge un Optimismo dentro del Pesimismo característico de este proceso, en el sentido de que Nietzsche anuncia un contramovimiento futuro que reemplazará a este nihilismo, aun cuando lo presuponga como necesario. También recoge síntomas del nihilismo en el Raskolnikov de Dostoievski, que "actúa en el aislamiento de la persona singular", dándole el nombre de ayuntamiento, proceso que puede resultar horrible en su epílogo, o ser la salvación del individuo luego de su purificación "en los infiernos", regresando a su comunidad con el reconocimiento de la culpa. Entre las dos concepciones, Jünger rescata un parentesco, el hecho de que progresan en tres fases análogas: de la duda al pesimismo, de ahí a acciones en el espacio sin dioses ni valores y después a nuevos cometidos. Esto permite concluir que tanto Nietzsche como Dostoievski ven una y la misma realidad, sí bien desde puntos muy alejados.
Jünger se encarga de limpiar y desmitificar el concepto de nihilismo, debido a todas las definiciones confusas y contradictorias que intelectuales posteriores a Nietzsche desarrollaron en sus trabajos, problema para él lógico debido a la "imposibilidad del espíritu de representar la Nada". Como problema principal, distingue el nihilismo de los ámbitos de lo caótico, lo enfermo y lo malo, fenómenos que aparecen con él y le han dado a la palabra un sentido polémico. El nihilismo depende del orden para seguir activo a gran escala, por lo que el desorden, el caos serían, como máximo, su peor consecuencia. A la vez, un nihilista activo goza de buena salud para responder a la altura del esfuerzo y voluntad que se exige a sí mismo y los demás. Para Nietzsche, el nihilismo es un estado normal y sólo patológico, por lo que comprende lo sano y lo enfermo a su particular modo. Y en cuanto a lo malo, el nihilista no es un criminal en el sentido tradicional, pues para ello tendría que existir todavía un orden válido.
El nihilismo, señala Jünger, se caracteriza por ser un estado de desvanecimiento, en que prima la reducción y el ser reducido, acciones propias del movimiento hacia el punto cero. Si se observa el lado más negativo de la reducción, aparece como característica tal vez más importante la remisión del número a la cifra o también del símbolo a las relaciones descarnadas; la confusión del valor por el precio y la vulgarización del tabú. También es característico del pensamiento nihilista la inclinación a referir el mundo con sus tendencias plurales y complicadas a un denominador; la volatización de las formas de veneración y el asombro como fuente de ciencia y un "vértigo ante el abismo cósmico" con el cual expresa ese miedo especial a la Nada. También es inherente al nihilismo la creciente inclinación a la especialización, que llega a niveles tan altos que "la persona singular sólo difunde una idea ramificada, sólo mueve un dedo en la cadena de montaje", y el aumento de circulación de un "número inabarcable de religiones sustitutorias", tanto en las ciencias, en las concepciones religiosas y hasta en los partidos políticos, producto de los ataques en las regiones ya vaciadas.
Según lo expresado en Sobre la línea, es la disputa con Leviatán -ente que representa las fuerzas y procesos de la época, en cuanto se impone como tirano exterior e interior-, es la más amplia y general en este mundo. ¿Cuáles son los dos miedos del hombre cuando el nihilismo culmina? "El espanto al vacío interior, obligando a manifestarse hacia fuera a cualquier precio, por medio del despliegue de poder, dominio espacial y velocidad acelerada. El otro opera de afuera hacia adentro como ataque del poderoso mundo a la vez demoníaco y automatizado. En ese juego doble consiste la invencibilidad del Leviatán en nuestra época. Es ilusorio; en eso reside su poder". La obra de Jünger trastoca el tema de la resistencia; se plantea la pregunta sobre cómo debe comportarse y sostenerse el hombre ante la aniquilación frente a la resaca nihilista.
"En la medida en que el nihilismo se hace normal, se hacen más temibles los símbolos del vacío que los del poder. Pero la libertad no habita en el vacío, mora en lo no ordenado y no separado, en aquellos ámbitos que se cuentan entre los organizables, pero no para la organización". Jünger llama a estos lugares "la tierra salvaje", lugar en el cual el hombre no sólo debe esperar luchar, sino también vencer. Son estos lugares a los cuales el Leviatán no tiene acceso, y lo ronda con rabia. Es de modo inmediato la muerte. Aquí dormita el máximo peligro: los hombres pierden el miedo. El segundo poder fundamental es Eros; "allí donde dos personas se aman, se sustraen al ámbito del Leviatán, crean un espacio no controlado por él". El Eros también vive en la amistad, que frente a las acciones tiránicas experimenta sus últimas pruebas. Los pensamientos y sentimientos quedan encerrados en lo más íntimo al armarse el individuo una fortificación que no permite escapar nada al exterior; "En tales situaciones la charla con el amigo de confianza no sólo puede consolar infinitamente sino también devolver y confirmar el mundo en sus libres y justas medidas". La necesidad entre sí de hombres testigos de que la libertad todavía no ha desaparecido harán crecer las fuerzas de la resistencia. Es por lo que el tirano busca disolver todo lo humano, tanto en lo general y público, para mantener lo extraordinario e incalculable, lejos.
Este proceso de devaluación de los valores supremos ha alcanzado, de algún modo, caracteres de "perfección" en la actualidad. Esta "perfección" del nihilismo hay que entenderla en la acepción de Heidegger, compartida por Jünger, como aquella situación en que este movimiento "ha apresado todas las consistencias y se encuentra presente en todas partes, cuando nada puede suponerse como excepción en la medida en que se ha convertido en el estado normal." El agente inmediato de este fenómeno radica en el desencuentro del hombre consigo mismo y con su potencia divina. La obra de Jünger, en este sentido, da cuenta del afán por radicar el fundamento del hombre.

III

Uno de los síntomas de nuestra época es el temor. Aquel temor que hace afirmar al autor que toda mirada no es más que un acto de agresión y que hace radicar la igualdad en la posibilidad que tienen los hombres de matarse los unos a los otros. A lo anterior, hay que agregar la inclinación a la violencia que desde el nacimiento todos traemos, según lo señalado en su novela "Eumeswil" (1977). . Por eso el mundo se torna en imperfecto y hostil. Su historia no es sino la de un cadáver acechado una y otra vez por enjambres de buitres. Esta visión lúgubre de la realidad, en la que se encuentra una reminiscencia schopenhaueriana, fue sin duda alimentada por la experiencia personal del autor, testigo del horror de dos guerras implacables que no hicieron más que coronar e instaurar en el mundo el culto a la destrucción, al fanatismo y la masificación del hombre. El avance de la técnica, a pesar de los beneficios que conlleva, a juicio de Jünger tiene la contrapartida de limitar la facultad de decisión de los hombres en la medida en que a favor de los alivios técnicos van renunciando a su capacidad de autodeterminación conduciendo, luego, a un automatismo generalizado que puede llevar a la aniquilación. La pregunta que surge entonces es cómo el hombre puede superarlo, a través de que medios puede salvarse. La respuesta de Jünger, en boca de uno de sus personajes principales, el anarca Venator: la salvación está en uno mismo. El anarca, que nada tiene que ver con el anarquista, expulsa de sí a la sociedad, ya que tanto de ésta como del Estado poco cabe esperar en la búsqueda de sí mismo. El no se apoya en nadie fuera de su propio ser; su propósito es convertirse en soberano de su propia persona, porque la libertad es, en el fondo, propiedad sobre uno mismo.
Aparecen en este momento dos afirmaciones que pueden aparecer como contradictorias: el hombre inclinado a la violencia desde su nacimiento, y el hombre que debe penetrar en un conocimiento interior con el fin de descubrir su forma divina. Jünger afirma que la riqueza del hombre es infinitamente mayor de lo que se piensa. ¿Cómo conciliar esto con el carácter perverso que le atribuye al mismo? Al responder esto, el escritor apela a una instancia superior a la que denomina Uno, Divinidad, lo Eterno, según lo que se colige sobre todo en su obra posterior a 1950. La relación entre el hombre y lo Absoluto, expuesta por el maestro alemán, se entiende del siguiente modo: el ser, forma o alma de cada uno de nosotros ha estado, desde siempre, es decir, antes de nacer, en el seno de la Divinidad, y, después de la muerte, volverá a estar con ella. Antes de nacer, es tal el grado de indeterminación de esa unidad en lo Uno que el hombre no puede tener conciencia de la misma. Sólo cuando el nacimiento se produce, el hombre se hace consciente de su anterior unidad y busca desesperadamente volver a ella, al sentirse un ser solitario. Es allí cuando debe dirigirse hacia sí mismo, penetrar en su alma que es la eterna manifestación de lo divino. En el conócete a ti mismo, el hombre puede acceder a la forma que le es propia, proceso que para Jünger es un "ver" que se dirige hacia el ser, la idea absoluta. Señala en El trabajador que la forma es fuente de dotación de sentido, y la representación de su presencia le otorga al hombre una nueva y especial voluntad de poder, cuyo propósito radica en el apoderamiento de sí mismo, en lo absoluto de su esencia, ya que el objeto del poder estriba en el ser-dueño... En consecuencia, en ese descubrimiento de ser atemporal e inalterable que le confiere sentido, el hombre puede hacerse propietario de éste y convertirse en un sujeto libre. En caso contrario, quien no posea un conocimiento de sí mismo es incapaz de tener dominio sobre su ser no pudiendo, por tanto, sembrar orden y paz a su alrededor. En conclusión, esta inclinación a la violencia que surge con el nacimiento del hombre, en otras palabras, con su separación de lo Uno en la identidad primordial y primigenia dando lugar a la negación de la Divinidad, puede ser dominada y contrarrestada en la medida que el hombre se convierta en dueño de sí mismo, para lo cual es fundamental el conocimiento de la forma que nos otorga sentido.
La sustancia histórica, señala Jünger, radica en el encuentro del hombre consigo mismo. Ese encuentro con el ser supratemporal que le dota de sentido lo simboliza con el bosque. En su obra El tratado del rebelde afirma: "La mayor vigencia del bosque es el encuentro con el propio yo, con la médula indestructible, con la esencia de que se nutre el fenómeno temporal e individual". Es, entonces, el lugar donde se produce la afirmación de la Divinidad, al adquirir el sujeto la conciencia misma como partícipe de la identidad con lo Eterno.
El Verbo, entendido como "la materia del espíritu", es el más sublime de los instrumentos de poder, y reposa entre las palabras y les da vida. Su lugar es el bosque. "Toda toma de posesión de una tierra, en lo concreto y en lo abstracto, toda construcción y toda ruta, todos los encuentros y tratados tienen por punto de partida revelaciones, deliberaciones, confirmaciones juradas en el Verbo y en el lenguaje", enuncia en El tratado del rebelde. El lenguaje es, en definitiva, un medio de dominación de la realidad, puesto que a través de él aprehendemos sus formas últimas, en la medida en que es expresión de la idea absoluta. En una época tan abrumadoramente nihilista como la contemporánea, el propio autor describe como el lenguaje va siendo lentamente desplazado por las cifras.
En la obra de Jünger, el hombre que no acepta el "espíritu del tiempo" y se "retira hacia sí mismo" en busca de su libertad, es un rebelde. A partir de un ensayo de 1951, Jünger había propuesto una figura de rebelde a las leyes de la sociedad instalada, el Waldgänger que, según una antigua tradición islandesa, se escapa a los bosques en busca de sí mismo y su libertad. Posteriormente, el autor desarrolla la figura del rebelde en la novela Eumeswil, publicada en 1977, definiendo la postura del anarca, tipo que encarnaría el distanciamiento frente a los peores aspectos del nihilismo actual; o como el único camino digno a seguir para los hombres de verdad libres.

IV

Como en Heliópolis, en Eumeswil, Jünger nos presenta un mundo aún por llegar: se vive allí el estado consecutivo a los Grandes Incendios -una guerra mundial, evidentemente- y a la constitución y posterior disolución del Estado Mundial. Un mundo simplificado, en que aparecen formas semejantes a las del pasado: los principados de los Khanes, las ciudades-estados. El autor marca el carácter postrero del ambiente que da a su novela, comparándola a la época helenística que sigue a Alejandro Magno, una ciudad como Alejandría, ciudad sin raíces ni tradición. De modo análogo, en la sociedad de Eumeswil las distinciones de rangos, de razas o clases han desaparecido; quedan sólo individuos, distinguidos entre ellos por los grados de participación en el poder. Se posee aún la técnica, pero como algo más bien heredado de los siglos creadores en este dominio. La técnica permite, por ejemplo -siendo esto otro rasgo alejandrino-, un gran acopio de datos sobre el pasado, pero este pasado ya no se comprende.
Se enfrentan en Eumeswil dos poderes: el militar y el popular, demagógico, de los tribunos. Del elemento militar ha salido el Cóndor, el típico tirano que restablece el orden y, con él, las posibilidades de la vida normal, cotidiana, de los habitantes. Pero se trata de un puro poder personal, informe, que ya no puede restaurar la forma política desvanecida. Por lo demás tampoco en Eumeswil se tiene la ilusión de la gran política; no se trata siquiera de una potencia, viviendo como vive bajo la discreta protección del Khan Amarillo. En suma, son las condiciones de la civilización spengleriana, las de toda época final en el decurso de las culturas. "Masas sin historia", "Estados de fellahs", como señala Jünger.
El protagonista y narrador de la novela es Martín Venator, "Manuelo" en el servicio nocturno de la alcazaba del Cóndor. Es un historiador de oficio: aplica al pasado sus cualidades de observador, y de allí las reflexiones sobre el tiempo presente. Su modelo es, sin duda, Tácito: senador bajo los Césares, celoso del margen de libertad que aún puede conservar, escéptico frente a los hombres y frente al régimen imperial. Venator también es camarero, barman en la alcazaba: como en las cortes de otra época, el servicio personal y doméstico al señor resulta ennoblecido. El camarero suele ser asimismo un observador, y en este terreno se encuentra con el historiador.
El historiador se retira voluntariamente al pasado, donde se encuentra en realidad "en su casa", y en este modo se aparta de la política. La derrota, el exilio, han sido a veces la condición de desarrollo de una vocación historiográfica -Tucídides en la Antigüedad, por ejemplo-, pero en otras ocasiones el historiador ha tomado parte activa de las luchas de su tiempo. En la novela, tanto el padre como el hermano del protagonista también son historiadores, pero, a diferencia de éste, están ideológicamente "comprometidos": son buenos republicanos, liberales doctrinarios, cautos enemigos del Cóndor más ajenos al mundo de los hechos que éste representa. Ellos deploran que "Manuelo" haya descendido a tan humilde servicio al tirano. Servicio fielmente prestado, pero en ningún caso incondicional. Entre los enemigos del Cóndor están los anarquistas: conspiran, ejecutan atentados... nada que la policía del tirano no logre controlar. De ellos se diferencia claramente Venator: no es un anarquista, es un anarca.

V

La mejor definición para la posición del anarca pasa por su relación y distinción de las otras figuras, las otras individualidades que se alzan, cada una a su modo, frente al Estado y la sociedad: el anarquista, el partisano, el criminal, el solipsista; o también, del monarca absoluto, como Tiberio o Nerón. Pues en el hombre y en la historia hay un fondo irrenunciable de anarquía, que puede aflorar o no a la superficie, y en mayor o menor grado, según los casos. En la historia, es el elemento dinámico que evita el estancamiento, que disuelve las formas petrificadas. En el hombre, es esa libertad interior fundamental. De tal modo que el guerrero, que se da su propia ley, es anárquico, mientras que el soldado no. En aparente paradoja, el anarquista no es anárquico, aunque algo tiene, sin duda. Es un ser social que necesita de los demás; por lo menos de sus compañeros. Es un idealista que, al fin y al cabo, resulta determinado por el poder. "Se dirige contra la persona del monarca, pero asegura la sucesión".
El anarca, por su parte, es la "contrapartida positiva" del anarquista. En propias palabras de Jünger: "El anarquista, contrariamente al terrorista, es un hombre que en lo esencial tiene intenciones. Como los revolucionarios rusos de la época zarista, quiere dinamitar a los monarcas. Pero la mayoría de las veces el golpe se vuelve contra él en vez de servirlo, de modo que acaba a menudo bajo el hacha del verdugo o se suicida. Ocurre incluso, lo cual es claramente más desagradable, que el terrorista que ha salido con bien siga viviendo en sus recuerdos...El anarca no tiene tales intenciones, está mucho más afirmado en sí mismo. El estado de anarca es de hecho el estado natural que cada hombre lleva en sí. Encarna más bien el punto de vista de Stirner, el autor de El único y su propiedad ; es decir, que él es lo único. Stirner dice: "Nada prevalece sobre mí". El anarca es, de hecho, el hombre natural". No es antagonista del monarca, sino más bien su polo opuesto. Tiene conciencia de su radical igualdad con el monarca; puede matarlo, y puede también dejarlo con vida. No busca dominar a muchos, sino sólo dominarse a sí mismo. A diferencia del solipsista, cuenta con la realidad exterior. No busca cambiar la ley, como el anarquista o el partisano; no se mueve, como éstos en el terreno de las opciones políticas o sociales. Tampoco busca trasgredir la ley, como el criminal; se limita a no reconocerla. El anarca, pues, no es hostil al poder, ni a la autoridad, ni a la ley; entiende las normas como leyes naturales.
No adhiere el anarca a las ideas, sino a los hechos; es en esencia pragmático. Está convencido de la inutilidad de todo esfuerzo ("tal vez esta actitud tenga algo que ver con la sobresaturación de una época tardía"). Neutral frente al Estado y a la sociedad, tiene en sí mismo su propio centro. Los regímenes políticos le son indiferentes; ha visto las banderas, ya izadas, ya arriadas. Jünger afirma, además, que aquellas banderas son sólo diferentes en lo externo, porque sirven a unos mismos principios, los mismos que harán que " toda actitud que se aparte del sistema, sea maldita desde el punto de vista racional y ético, y luego proscrita por el derecho y la coacción." No obstante, el anarca puede cumplir bien el papel que le ha tocado en suerte. Venator no piensa desertar del servicio del Cóndor, sino, por el contrario, seguir lealmente hasta el final. Pero porque él quiere; él decidirá cuando llegue el momento. En definitiva, el anarca hace su propio juego y, junto a la máxima de Delfos, "conócete a ti mismo", elige esta otra: "hazte feliz a ti mismo".
La figura del anarca resplandece verdaderamente, como la del hombre libre frente al Estado burocrático y a la sociedad conformista de la actualidad. Incluso aparece en algunas ocasiones en forma más bien mezquina, a la manera del egoísmo de Stirner: "quien, en medio de los cambios políticos, permanece fiel a sus juramentos, es un imbécil, un mozo de cuerda apto para desempeñar trabajos que no son asunto suyo". "(El anarca) sólo retrocede ante el juramento, el sacrificio, la entrega última". "Sólo cabe una norma de conducta" -dice Attila, médico del Cóndor, anarca a su modo- "la del camaleón..."

VI

La cuestión es si el anarca se constituye en una figura ejemplar para cierto tipo de hombres que no se reconozcan en las producciones sociales últimas. Pues si el anarca es la "actitud natural" -"el niño que hace lo que quiere"-, entonces nos hallamos ante simples situaciones de hecho que no tienen ningún valor normativo ni ejemplar. Desde siempre los hombres han querido huir del dolor y buscar lo agradable; por otro lado, apartarse de una sociedad decadente y que llega a ser asfixiante es una cosa sana. Venator invoca a Epicuro como modelo; debería referirse más bien a Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela hedonista, quien proponía una vida radicalmente apolítica, "ni gobernante ni esclavo", con la libertad y el placer como únicos criterios. Jünger reconoce, y muy de buena gana, que el tipo de anarca se encuentra, socialmente hablando, en el pequeño burgués, piedra de tope de más de una corriente de pensamiento: es ese artesano, ese tendero independiente y arisco frente al Estado. La figura del anarca es más familiar al mundo anglosajón, especialmente al norteamericano, con su sentido ferozmente individualista y antiestatal: del cowboy solitario o del outlaw al "objetor de conciencia". Están en la mejor línea del anarca y el rebelde contra la masificación burocrática. Se sabe, por supuesto, en qué condiciones sociales han florecido estos modelos.
Pero las sociedades "posmodernas" actuales se distinguen por el más vulgar hedonismo; su tipo no es el del "superhombre", sino el del "último hombre" nietzscheano, el que cree haber descubierto la felicidad. El tipo del "idealista" y del "militante" pertenecen a etapas ya superadas; hoy, es el individuo de las sociedades "despolitizadas", soft, que toma lo que puede y rehusa todo esfuerzo. ¿Cuál es la diferencia de este tipo de hombre con el anarca? La respuesta radica en que el segundo está libre de todas las ataduras sentimentales, ideológicas y moralistas que aún caracterizan al primero. En verdad, la figura de Venator está históricamente condicionada: aparece en una de esas épocas postreras en la cuales nada se puede ya esperar. Lo que hay que esclarecer es si efectivamente nuestra propia época es una de ellas. Pero lo dicho sobre el anarca tiene un alcance mucho más universal: en cualquier tiempo y lugar se puede ser anarca, pues "en todas partes reina el símbolo de la libertad".
La senda del anarca termina en la retirada. Venator ha estado organizando una "emboscadura" temporal -según lo que el mismo Jünger recomendaba en Der Waldgang (1951)-, para el caso de caída del Cóndor. Al final, seguirá a éste, con toda su comitiva, en una expedición de caza a las selvas misteriosas más allá de Eumeswil: una emboscadura radical, o la muerte, no se sabe el desenlace. Del mismo modo, en Heliópolis, el comandante Lucius de Geer y sus compañeros se retiran en un cohete, con destino desconocido. Pero eso sí, después de haber luchado sus batallas, al igual que los defensores de la Marina en Sobre los Acantilados de Mármol no buscan refugio sino después de dura lucha con las fuerzas del Gran Guardabosques. Pero ¿de qué se trata esta "emboscadura"?
El anarca hace lo que Julius Evola, el gran pensador italiano, recomienda en su libro Cabalgar el tigre: "La regla a seguir puede consistir, entonces, en dejar libre curso a las fuerzas y procesos de la época, permaneciendo firmes y dispuestos a intervenir cuando el tigre, que no puede abalanzarse sobre quien lo cabalga, esté fatigado de correr". Lo que Evola llama "tigre", Jünger lo denomina "Leviatán" o "Titanic".
El anarca se retira hacia sí mismo porque debe esperar su hora; el mundo debe ser cumplido totalmente, la desacralización, el nihilismo y la entropía deberán ser totales: lo que Vintila Horia llama "universalización del desastre". Jünger enfatiza que emboscarse no significa abandonar el "Titanic", puesto que eso sería tirarse al mar y perecer en medio de la navegación. Además: "Bosque hay en todas partes. Hay bosque en los despoblados y hay bosque en las ciudades; en éstas, el emboscado vive escondido o lleva puesta la máscara de una profesión. Hay bosque en el desierto y hay bosque en las espesuras. Hay bosque en la patria lo mismo que lo hay en cualquier otro sitio donde resulte posible oponer resistencia... Bosque es el nombre que hemos dado al lugar de la libertad... La nave significa el ser temporal; el bosque, el ser sobretemporal...". En la figura del rebelde, por tanto, es posible distinguir dos denominaciones: emboscado y anarca. El primero presentaría las coordenadas espirituales, mientras el segundo da luces sobre su plasmación en el "aquí y ahora". Jünger lo define más claramente: "Llamamos emboscado a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha, una lucha que acaso carezca de perspectiva. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad... El emboscado no permite que ningún poder, por muy superior que sea, le prescriba la ley, ni por la propaganda, ni por la violencia".

VII

El nihilismo y la rebeldía... La figura del anarca es la de quien ha sobrevivido al "fin de la historia" ("carencia de proyecto: malestar o sueño"). El último hombre no puede expulsar al anarca que convive junto a él. Su poder radica en su impecable soledad y en el desinterés de su acción. Su sí y su no son fatales para el mundo que habita. El anarca se presenta como la victoria y superación del nihilismo. Las utopías le son ajenas, pero no el profundo significado que se esconde tras ellas. "El anarca no se guía por las ideas, sino por los hechos. Lucha en solitario, como hombre libre, ajeno a la idea de sacrificarse en pro de un régimen que será sustituído por otro igualmente incapaz, o en pro de un poder que domine a otro poder".
El anarca ha perdido el miedo al Leviatán, en el encuentro con la médula indestructible que le dota de sentido para luego proyectarse y reconocerse en el otro, en la amada, en el hermano, en el que sufre y en el desamparado, puesto que Eros es su aliado y sabe que no lo abandonará...
La actitud del anarca puede ser interpretada desde dos perspectivas, una activa y otra pasiva. Esta última verá en la emboscadura, y en el anarca que la realiza, la posibilidad de huir del presente y aislarse en aquella patria que todos llevamos en nuestro interior; al decir de Evola, la que nadie puede ocupar ni destruir. Pero no debe confundirse la actitud del anarca como una simple huida: "Ya hemos apuntado que ese propósito no puede limitarse a la conquista de puros reinos interiores". Mas bien se trata de otro tipo de acción, de un combate distinto, "donde la actuación pasaría entonces a manos de minorías selectas que prefieren el peligro a la esclavitud". Minorías que entiendan que emboscarse es dar lucha por lo esencial, sin tiempo y acaso sin perspectivas. Minorías que, como el propio Jünger lo expresa, sean capaces de llevar adelante la plasmación de una "nueva orden", que no temerá y, por el contrario, gustará de pertenecer al bando de los proscritos, pues se funda en la camaradería y la experiencia; orden que pueda llevar a buen término la travesía más allá del "meridiano cero", y se prepare a dar una lucha en el "aquí y ahora"...

"En el seno del gris rebaño se esconden lobos, es decir, personas que continúan sabiendo lo que es la libertad. Y esos lobos no son sólo fuertes en sí mismos: también existe el peligro de que contagien sus atributos a la masa, cuando amanezca un mal día, de modo que el rebaño se convierta en horda. Tal es la pesadilla que no deja dormir tranquilos a los que tienen el poder".
Ernst Jünger