22 de febrero de 2010

El Frente Negro N° 3

"Hay que romper con la lógica binaria/dualista del sistema. Imponer nuestras propias categorías, nuestra semántica, y no dividir, sino atacar conjuntamente, en todos los frentes, con fuego concentrado al corazón de las mentiras, que solo en su hipocresía pueden mantener la hegemonía sobre la conducta humana."

CULTURA, METAPOLITICA Y RESISTENCIA


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19 de febrero de 2010

Metafísica de la Guerra. III

Por Julius Evola

Examinamos de nuevo las formas de la Tradición heroica que permiten a la guerra asumir el valor de una vía de realización espiritual en el sentido más riguroso del término, es decir, de justificación y finalidad trascendental. Ya hemos hablado de las concepciones que, desde este punto de vista, fueron las del antiguo mundo romano. Luego hemos dado un vistazo a las tradiciones nórdicas y al carácter inmortalizante de toda muerte realmente heroica sobre el campo de batalla.

Nos hemos referido necesariamente a estas concepciones para llegar al mundo medieval, a la Edad Media como civilización resultante de la antítesis de tres elementos: el primero romano, seguido del nórdico y finalmente del elemento cristiano. Nos proponemos ahora examinar la idea de la sacralidad de la guerra, tal como fue concebida y cultivada a lo largo de la Edad Media.

Evidentemente deberemos referirnos a las Cruzadas tomadas en un significado más profundo, es decir, no reducidas a determinismos económicos o étnicos, como suelen hacer los historiadores materialistas y mucho menos a un fenómeno de simple superstición y de exaltación religiosa, tal como pretenden algunos espíritus "avanzados", dejándolo en fin como un fenómeno simplemente cristiano.

Sobre este último punto no hemos de perder de vista la relación justa entre fin y medio. Se dice también que en las Cruzadas la fe cristiana se sirvió del espíritu heroico y de la caballería occidental, cuando precisamente fue todo lo contrario. La fe cristiana y sus fines relativos y contingentes de lucha religiosa contra el "infiel, de "liberación del Templo" y de "Tierra Santa", no fueron más que los medios que permitieron al espíritu heroico manifestarse, afirmarse, realizarse en una especie de ascesis distinta de la contemplación, pero no menos rica en frutos espirituales. La de los caballeros que dieron sus fuerzas y su sangre por la "guerra santa" no tenían más que una idea y un conocimiento teologal de lo más vago sobre la doctrina por la cual combatían.

Por otra parte, el contexto de las Cruzadas era rico en elementos susceptibles de conferir un valor y un significado superiores. A través de las vías del subconsciente, mitos trascendentales reafloran en el alma de la caballería medieval: la "conquista de la "Tierra Santa" situada "más allá de los mares" presenta, en efecto, infinitamente más referencias reales que las supuestas por los historiadores con la antigua saga según la cual "en el lejano oriente, en donde se alza el sol, se encuentra la ciudad sagrada en donde la muerte no reina sino que los valerosos héroes que saben esperarla gozan de una celestial serenidad y de una vida eterna". Por encontrar otra analogía diremos que la lucha contra el Islam revistió, por su naturaleza, desde el principio, el significado de una prueba ascética.

"No se trata de combatir por los reinos de la tierra -escribió Kluger, el célebre historiador de las Cruzadas- sino por el reino de los cielos; las Cruzadas no tuvieron como resorte a los hombres sino a Dios, (...) no se deben pues considerar como el resto de los acontecimientos humanos". La guerra santa debía, según la expresión de un antiguo cronista, compararse "con el bautismo semejante al fuego del purgatorio antes de la muerte". Los Papas y los predicadores comparaban simbólicamente aquellos que morían en las Cruzadas con el "oro tres veces ensayado y tres veces purificado por el fuego" que podía conducir al Dios supremo".

"No olvidéis jamás este oráculo -decía San Bernardo- ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Qué gloria para vosotros salir de la confrontación cubiertos de laureles.Pero qué alegría más grande la de ganar sobre el campo de batalla una corona inmortal... Oh, condición afortunada, en la que se puede afrontar la muerte sin temor, incluso desearla con impaciencia y recibirla con el corazón firme". La gloria absoluta estaba prometida al cruzado - gloria asolue, en provenzal- pues, a parte de la imagen religiosa se le ofrecía la conquista de la supravida, del estado sobrenatural de la existencia. Así Jerusalén, fin codiciado de la conquista, se presentaba simbólicamente, como ciudad celeste e inmaterial, pero también como una ciudad terrestre, es decir, que ante este doble aspecto la Cruzada tomaba un valor interior, independiente de todos sus aparatos, sus soportes y sus motivaciones aparentes.

Por lo demás, fueron las órdenes de caballería quienes ofrecieron el tributo más grande a las Cruzadas, con la Orden del Temple y la de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, compuestas por hombres que, como el monje cristiano, tendían a despreciar la vanidad de esta vida; en tales órdenes se encontraban guerreros fatigados por el mundo, que habían visto y gustado de todo, prestos a una acción total que no sostenían ningún interés por la vida material temporal ni por la política ordinaria, en el sentido más estricto. Urbano II se dirigió a la caballería como a la comunidad supranacional de aquellos "dispuestos a partir hacia donde estallara una guerra, a fin de llevar el terror de sus armas para defender el honor y la justicia"... con más razón debían escuchar y atender la llamada de las Cruzadas y de la "Guerra Santa", guerra que, según la apropiación de uno de los escritores de la época, no tiene por recompensa un feudo terrestre, revocable y contingente, sino un "feudo celeste".

Pero el desarrollo mismo de las Cruzadas, en capas más amplias y en el plano ideológico general provocó una purificación y una interiorización del espíritu de iniciativa. Tras la convicción inicial de que la guerra por la "verdadera" fe no podía tener más que una salida victoriosa, los primeros fracasos militares sufridos por los ejércitos cruzados fueron un foco de sorpresas y asombro, pero a la postre sirvieron, no obstante, para sacar a la luz su aspecto más elevado.

El resultado desastroso de una Cruzada era comparado por los clérigos de Roma al destino de la virtud desgraciada que no es juzgada y recompensada más que en función de otra vida. Y esto anunciaba el reconocimiento de algo superior tanto en la victoria como en derrota, la colocación en el primer plano del aspecto propio a la acción heroica cumplimentada independientemente de los frutos visibles y materiales, casi como una ofrenda transformando el holocausto viril de toda la parte humana en "gloria absoluta" inmortalizante.

Es evidente que de esta manera se debía terminar por esperar un plano, por así decir, supratradicional, tomando la palabra "tradición" en su sentido más estrecho, más histórico y religioso. La fe religiosa en particular, los fines inmediatos, el espíritu antagonista, se convertían entonces como lo es la naturaleza variable de un combustible destinado solamente a producir y alimentar una llama. El punto central seguía siendo el valor santo de la guerra, pero se prefiguraban igualmente la posibilidad de reconocer que aquellos que inicialmente eran adversarios, parecían atribuir a este combate el mismo significado.

Este es uno de los elementos gracias al cual los Cruzados sirvieron, a pesar de todo, para facilitar un intercambio cultural entre el Occidente gibelino y el Oriente árabe (punto de reencuentro, a su vez, de elementos tradicionales más antiguos), pues la tendencia a esta convergencia va más allá de lo que la mayoría de los historiadores han demostrado hasta el presente. Las órdenes de caballería árabes, análogas a las occidentales en el plano de la ética, las costumbres y la simbología, se encontraron frente a las órdenes de caballería cristianas, y por ello la "guerra santa" que había dirigido a las dos civilizaciones, una contra otra en nombre de sus religiones respectivas, permitió igualmente su reencuentro y hablando en nombre de dos creencias diferentes, cada una terminó por dar a la guerra un valor espiritual análogo.

A partir de este momento, fuerte en su fe, el caballero árabe se elevó; se elevó al mismo nivel supratradicional que el caballero cruzado mediante su ascetismo heroico.

Este es otro punto a aclarar. Aquellos que juzgan las Cruzadas remitiéndolas a uno de los episodios más extravagantes de la "oscura" Edad Media, no suponen que lo que definen como "fanatismo religioso" es la prueba tangible de la presencia y de la eficacia de una sensibilidad y de un tipo de decisión cuya ausencia caracteriza la barbarie auténtica, ya que el hombre de las Cruzadas sabía todavía dirigirse, combatir y morir por un motivo que, en su esencia, era suprapolítico y suprahumano. Se asociaba así a una unión basada no sobre lo particular sino sobre lo universal.

Naturalmente no puede confundirse esto pensando que la motivación trascendente pudiera ser una excusa para hacer al guerrero indiferente, negligente a los deberes inherentes a su pertenencia a una raza y a una patria. Por el contrario, esencialmente se trataba de significados profundamente diferentes según los cuales, acciones y sacrificios pueden ser vividos y vistos desde el exterior, siendo absolutamente los mismos.

Existe una diferencia radical entre quien hace simplemente la guerra y quien, por el contrario, en la guerra hace también la "Guerra Santa", viviendo una experiencia superior, deseada, deseable y esperada para el espíritu. Si tal diferencia es, ante todo, interior, bajo el impulso de todo lo que interiormente tiene una fuerza, traduciéndose también hacia el exterior, derivando efectos, sobre otros planos y, más particularmente, en los términos de "irreductibilidad" del impulso heroico: quien vive espiritualmente el heroismo está cargado de una tensión metafísica, estimulado por un aliento cuyo objeto es "infinito" y superará siempre aquello que anima a quien combate por necesidad, por oficio o bajo el impulso de instintos o sugestiones.

En segundo lugar, quien combate en una "Guerra Santa" espontáneamente se sitúa más allá de todo particularismo, viviendo un clima espiritual que, en un momento dado, puede muy bien dar nacimiento a una unidad supranacional de acción. Es precisamente esto lo que se verificó en las Cruzadas, cuando príncipes y jefes de todos los países se unieron para la empresa heroica y santa, más allá de sus intereses particulares y utilitarios y de las divisiones políticas, realizando por vez primera una unidad europea conforme a su civilización común y al principio mismo del Sacro Imperio Romano Germánico.

Si debemos abandonar el "pretexto" y aislar lo esencial de lo contingente, encontraremos un elemento precioso que no se limita a un período histórico determinado. Rechazar, conducir la acción sobre un plano "ascético", justificarla también en función de este plano, significa separar todo antagonismo condicionado por la materia, preparar el lugar de las grandes distancias y los amplios frentes, para redimensionar, poco a poco, los fines exteriores de la acción en su nuevo significado espiritual: tal como se verifica cuando no es sólo por un país o por ambiciones temporales que uno combate, sino en nombre de un principio superior de civilización, de una tentativa de eso que, por ser metafísico, nos hace ir hacia delante, más allá de todo límite, más allá de cualquier peligro y de no importa que destrucción.

9 de febrero de 2010

Vacío y plenitud justicialista

Por Daniel Santoro

El tres es un número emblemático para el justicialismo: define su posición ideológica (tercera), su estructura política (las tres ramas del movimiento) y las tres banderas de su programa doctrinario. Las grandes cosmogonías de Oriente y Occidente comparten este patrón numérico, articulando en torno al tres la estructura de sus dogmas. Un buen ejemplo es el del arbol de la vida en la cábala, con sus tres ramas: la rama izquierda, que expresa la misericordia; la derecha, la severidad; y en el centro, la rama del vacío, que sería algo así como el espacio del acuerdo, la zona no beligerante. Traspolado al cuerpo humano, la izquierda y la derecha son espacios llenos, estructurales, en donde la fuerza se despliega y el cuerpo es menos vulnerable; el eje central, en cambio, es mórbido y su condición primordial es la del vacío (boca, esófago, corazón, tráquea, estómago y útero). En la simbología bíblica, Caín y Abel personifican a la derecha y la izquierda. Ningún sistema bipolar sobrevive, como tampoco lo hicieron ellos. La disputa del dos no tiene salida.
Un sistema trinitario repone el equilibrio; según Pitágoras, el tres nos trae la primera figura geométrica: el triángulo, el sólido trípode sobre el que se construye el universo; todas las series armónicas, como las de Fibonacci, tienen su inicio aquí. Para los griegos, lograr la armonía es encontrar la medida o medianía entre dos términos dados, dando paso así a la proporción. Más precisamente para Platón, el problema armónico general se resuelve al poner en proporción los vacíos o intervalos de cifras que están en razones definidas con las cifras iniciales. Volviendo a Fibonacci, la tercera posición es una suerte de armonización del vacío, un intervalo armónico entre opuestos.
El gran pintor simbolista Xul Solar realizó entre 1950 y 1954 muchas obras con las imágenes del árbol de la vida en las que fue revelando aspectos de esta cosmogonía y que explican, en cierto modo, su adhesión al gobierno justicialista de entonces.
En el siglo XVII, el monje Athanasius Kircher, exclamó con pasión neopitagórica "todo lo trino es perfecto". Postrado bajo el triángulo que dibuja al Padre, celoso custodio del capital, al Hijo, abandonado en su aventura justiciera y terrenal, y al Espíritu Santo, la tercera aparición que desde la cúspide de la tríada, derrama sus dones de sutil componedor. Esta trinidad está muy emparentada con la de Shiva, Visnú y Brahma, el gran mar de la tranquilidad que en uno de sus pliegues produjo el entero universo; parentesco que llega al zorohastrismo, la antigua religión que, con sus dos dioses en oposición: Ahura Mazda y Arriman, coloca a la figura de Mitra -largamente estudiado por C. G. Jung- como el misterioso repositor del equilibrio. Aún mas hacia Oriente, el Tao nos recuerda que sólo el vacío justifica a las cosas: un vaso, una casa, un ser humano son por el espacio libre que existe dentro y fuera de ellos. Como sostiene Francois Cheng en su libro Vacío y plenitud, "el Yin y el Yang son un motor que gira y da vida al universo gracias al espacio que hay alrededor".
Fundar su doctrina en torno a una tercera posición, le permitió a Perón apelar constantemente a la búsqueda de la armonía, que no es otra cosa que ubicar de manera correcta un punto sobre un segmento entre dos extremos. En este caso, son comunismo y capitalismo, izquierda y derecha. Estas dos posturas encuentran su identidad en un punto fijo tan irreductible como la estructura de un sólido; nada de esto ocurre en el justicialismo, cuya virtud es la de plantear flexibles relaciones armónicas a través de diversas posibles distancias a los extremos. En esta tercera posición, el cuerpo doctrinario del peronismo expone su área de penetración ideológica, permitiéndole gozar libremente, abandonado a un perpetuo vagabundeo por el extenso campo que enmarcan las ideologías. En definitiva el justicialismo habita el vacío entre la izquierda y la derecha, en una especie de trascendencia de los opuestos, lo que nos puede llevar a interpretarlo de acuerdo con los parámetros de la física cuántica. Entonces diríamos: "el peronismo no es de izquierda ni de derecha, sino que tiende a serlo".
En muchos de mis trabajos, como los que este texto acompaña, busco lograr un acercamiento visual o al menos dibujar los contornos de lo que podría ser el justicialismo. Esto sin duda es un desafío, tal búsqueda siempre fue un enigma para sociólogos, politólogos y economistas; intento tener algún resultado antes que la inquietud llegue a los arqueólogos.


Bibliografía
Ghicka, Mathyla. El número de oro, Barcelona, Poseidón, 1978.
--. Estética de la proporción en las artes visuales, Buenos Aires, Poseidón, 1933.
Cheng, François: Vacío y plenitud, Madrid, Siruela, 2005.
Glasman, Sarah. "el número de oro", en Revista Conjetural, Nº 4.

8 de febrero de 2010

Catecismo Revolucionario

Por Sergei Nechaev

La actitud del revolucionario hacia sí mismo

1. El revolucionario es un hombre dedicado. No tiene intereses personales, no tiene relaciones, sentimientos, vínculos o propiedades, ni siquiera tiene un nombre. Todo en él se dirige hacia un solo fin, un solo pensamiento, una sola pasión: la revolución.

2. Dentro de lo más profundo de su ser, el revolucionario ha roto -y no sólo de palabra, sino con sus actos- toda relación con el orden social y con el mundo intelectual y todas sus leyes, reglas morales, costumbres y convenciones. Es un enemigo implacable de este mundo, y si continúa viviendo en él, es sólo para destruirlo más eficazmente.

3. El revolucionario desprecia todo doctrinarismo y rechaza las ciencias mundanas, dejándolas para las generaciones del futuro. Él conoce una sola ciencia: la ciencia de la destrucción. Para este fin, y sólo para este fin, estudia la mecánica, la física, la química y quizá también la medicina. Para este propósito, el revolucionario estudiará día y noche la ciencia de los hombres, sus características, posiciones y todas las circunstancias del orden presente en todos sus niveles. La meta es una sola: la más rápida y más segura destrucción de este sistema asqueroso.

4. El revolucionario desprecia la opinión pública. Desprecia y odia la actual moralidad pública en todos sus aspectos. Para él sólo es moral lo que contribuye al triunfo de la revolución. Todo lo que la obstruye es inmoral y criminal.

5. El revolucionario es un hombre condenado a muerte. No teniendo piedad hacia el estado ni hacia la sociedad educada, él a su vez no espera que ellos tengan piedad hacia él. Entre ellos y él hay una tácita, continua e irreconciliable guerra a muerte. Debe estar preparado para morir cualquier día. Y deberá entrenarse a sí mismo para resistir la tortura.

6. Siendo severo consigo mismo, el revolucionario deberá ser severo con los demás. Todos los tiernos y delicados sentimientos de parentesco, amistad, amor, gratitud e incluso el honor deben extinguirse en él por la sola y fría pasión por el triunfo revolucionario. Para él sólo debe existir un consuelo, una recompensa, un placer: el triunfo de la revolución. Día y noche tendrá un solo pensamiento y un solo propósito: la destrucción sin piedad. Manteniendo la sangre fría y trabajando sin descanso para esa meta, estará listo para morir y para destruir con sus propias manos todo lo que le estorbe.

7. La propia naturaleza del verdadero revolucionario excluye toda forma de romanticismo, así como toda clase de sentimientos, exaltaciones, vanidades, odios personales o deseos de venganza. La pasión revolucionaria debe combinarse con el cálculo frío. En todo tiempo y lugar, el revolucionario no debe ceder ante sus impulsos personales, sino ante los intereses de la revolución.

La relación del revolucionario con sus camaradas

8. Para un revolucionario, un amigo es sólo aquél que ha probado con sus actos que también él es un revolucionario. La amistad, dedicación u otras obligaciones hacia ese amigo depende de su utilidad para la causa revolucionaria.

9. La solidaridad entre los revolucionarios no requiere discusión. La fuerza del trabajo revolucionario depende de ella. Los camaradas que estén en el mismo nivel de comprensión y pasión revolucionaria deben, en la medida de lo posible, discutir juntos las principales acciones y alcanzar conclusiones unánimes. Sin embargo, durante la ejecución del plan cada uno debe confiar sólo en sí mismo. Al realizar las diversas acciones destructivas, cada uno deberá actuar solo, y buscará consejo o ayuda de sus amigos sólo si ello es necesario para el éxito.

10. Cada camarada tendrá a la mano a varios revolucionarios de segundo o tercer rango, no tan completamente dedicados como él. Debe considerarlos como parte del capital revolucionario puesto a su disposición, y procurará sacar de ellos la máxima utilidad posible. Debe considerarse a sí mismo como un capital condenado a ser invertido para el triunfo de la causa revolucionaria, pero no tendrá derecho a disponer personalmente de ese capital sin el consentimiento de otros camaradas plenamente iniciados en la causa revolucionaria.

11. Cuando un camarada tenga problemas, y haya que decidir si salvarlo o no, el revolucionario no se guiará por sus sentimientos personales, sino solamente por los intereses de la causa. Por tanto, debe sopesar cuidadosamente la utilidad del camarada en problemas contra el costo del esfuerzo necesario para salvarlo, y debe decidir qué tiene mayor peso.

La relación del revolucionario con la sociedad

12. La aceptación de un miembro nuevo dentro la organización, de alguno que haya probado su lealtad no mediante palabras sino mediante sus actos, es algo que sólo podrá decidirse por consentimiento unánime.

13. Un revolucionario entra al mundo del Estado y al llamado mundo intelectual, y vive dentro de ellos, con el solo propósito de su destrucción rápida y total. No será un revolucionario si experimenta alguna simpatía por algo de ese mundo, o si se detiene ante la destrucción de algún estado de cosas, relación o persona que pertenezca a ese mundo en el cual todo debe ser odiado igualmente. Peor para él si tiene familia, amigos o relaciones amorosas; no podrá ser un revolucionario si eso detiene su mano.

14. Con el propósito de la destrucción despiadada, el revolucionario puede, y frecuentemente debe, vivir en sociedad, simulando ser lo que no es. El revolucionario deber penetrarlo todo en todas partes: las clases más altas y medias; el almacén del mercader; la iglesia; la mansión del aristócrata; los mundos de la burocracia, el ejército, la literatura; la División Tercera (policía secreta); e incluso el Palacio de Invierno (del Zar).

15. Toda esta sucia sociedad tendrá que ser dividida en varias categorías. La primera categoría es la de aquéllos que deberán morir sin demora. La Organización de camaradas revolucionarios harás listas de los condenados, tomando en cuenta el daño potencial que puedan hacer a la revolución, y eliminarán en primer lugar a los primeros de la lista.

16. Al unir esas listas, y agrupar ordenadamente a los condenados, no se tomará en cuenta la maldad personal del hombre ni el odio que éste provoca entre los camaradas o el pueblo. Esa maldad y ese odio pueden servir temporalmente para provocar la sublevación de las masas. Es necesario tomar en cuenta el grado de utilidad que su muerte podría dar a la causa revolucionaria. Ante todo, debes destruir a aquellas personas que más daño pueden hacer a la Organización revolucionaria, o a aquellas otras cuya muerte súbita y violenta provocarán el mayor terror en el gobierno, debilitando su poder y privándolo de sus miembros más enérgicos e inteligentes.

17. El segundo grupo está compuesto por aquellas personas a quienes se les permite vivir temporalmente, porque sus actos terribles conducirán al pueblo a una sublevación inevitable.

18. La tercera categoría incluye una multitud de personas de posición alta, animales que no tienen gran inteligencia ni energía, pero poseen riqueza, posición social, conexiones, influencia y poder. Debes explotarlos de todas las maneras posibles, implicarles, confundirles, y conocer, hasta donde sea posible, sus secretos más sucios con el fin de esclavizarles. Su poder, influencia, conexiones y riqueza podrían llegar a ser un tesoro inagotable y de gran ayuda para muchas empresas revolucionarias.

19. La cuarta categoría es la de aquellos trepadores ambiciosos y liberales de diversos matices. Puedes conspirar junto con ellos, pretendiendo que les sigues ciegamente; pero a la vez debes ponerlos bajo control, conocer todos sus secretos, comprometerlos al máximo..., de tal modo que ellos mismos ensucien y corrompan al Estado con sus propias manos.

20. La quinta categoría está compuesta por doctrinarios, conspiradores y revolucionarios que sólo hablan inútilmente ante muchedumbres o sobre el papel. Debes impulsarlos hacia la acción, despedazando sus discursos, con lo cual destruirás a la mayoría pero lograrás unos cuantos revolucionarios verdaderos.

21. La sexta, y muy importante, categoría, son las mujeres. Éstas deben ser divididas en tres categorías. Primero, aquellas mujeres "cabeza hueca", inconscientes y desalmadas, que pueden ser utilizadas de la misma manera que los hombres de las tercera y cuarta categorías. La siguiente categoría es la de aquellas mujeres que son apasionadas, devotas y talentosas, pero no son propiamente nuestras, ya que no poseen aún una comprensión cabal, austera y revolucionaria. Ellas deben ser utilizadas como los hombres de la quinta categoría. Finalmente, están aquellas mujeres completamente nuestras, es decir, aquéllas que han aceptado nuestro programa y están totalmente dedicadas a él. Ellas son nuestras camaradas, y deberemos considerarlas como nuestro tesoro más preciado sin cuya ayuda no podemos triunfar.

La actitud de la Organización hacia el Pueblo

22. La Organización no tiene otro objetivo que la liberación completa y la felicidad del pueblo, es decir, del trabajador común y ordinario. Pero, con la convicción de que la liberación y la obtención de la felicidad son posibles solamente por el camino de una revolución popular totalmente destructiva, la Organización deberá alentar, con todos sus medios y recursos, el desarrollo e intensificación de aquellas calamidades y males que agoten la paciencia del pueblo y lo conduzcan a una sublevación total.

23. Por "Revolución" nuestra Organización no entiende un modelo o patrón en el sentido clásico occidental, un movimiento que siempre se detiene y se doblega ante los derechos de propiedad privada y ante las tradiciones del orden público y las, así llamadas, civilización y moralidad. Tampoco entiende por revolución una forma que hasta ahora se ha limitado a deponer un modelo político para reemplazarlo por otro que intenta crear un estado revolucionario, por llamarlo de algún modo. La única revolución que puede ser benéfica para el pueblo será la revolución que destruya de raíz todo componente del Estado y que pueda exterminar todas las instituciones tradicionales del Estado, el orden social y las clases en Rusia.

24. La Organización no intenta imponer desde arriba una nueva organización para el pueblo. La organización futura crecerá, sin duda, desde el movimiento popular y desde la vida, pero ésa será la tarea de las generaciones futuras. Nuestra tarea es la destrucción despiadada, terrible, completa y universal.

25. Por esto, para estar más cerca del pueblo, necesitamos unidad con aquellos elementos de la vida popular que, desde el principio del estado de poder de Moscú, no han dejado de protestar, no sólo de palabra, sino con acciones, en contra de todo aquello que está relacionado directa o indirectamente con el Estado: en contra de la nobleza, en contra de los burócratas, en contra del clero y en contra de los kulaks explotadores (campesinos ricos, dueños de plantaciones, que utilizan esclavos o siervos). Permítasenos unirnos con los bandidos audaces, los únicos revolucionarios verdaderos de Rusia.

26. Unir este mundo con una sola fuerza invencible e indoblegable: tal es el objetivo de nuestra Organización, tal es nuestra conspiración y nuestra tarea.

5 de febrero de 2010

Nuevo Orden Mundial (citas)


“El poder del dinero es un parásito de la nación en tiempos de paz, y conspira contra ella en tiempos de guerra. Es más despótico que las monarquías, más insolente que las autocracias y más egoísta que las burocracias. Veo en el corto plazo una crisis aproximándose que me inquieta y me hace temblar por el futuro de la nación: las corporaciones han sido entronizadas, una era de corrupción en los más altos cargos le seguirá. El poder del dinero intentará prolongar su reinado trabajando entre los prejuicios del pueblo hasta que la riqueza sea acumulada por unas pocas manos y la república sea destruida.”
Abraham Lincoln
presidente de los Estados Unidos
(1865 - poco antes de ser asesinado)


“Creo que las Instituciones bancarias son más peligrosas que los ejércitos más preparados… Si el pueblo americano alguna vez permite a los bancos privados controlar la emisión de la moneda, los bancos y corporaciones que crecerán en torno a ellos privarán a la gente de sus propiedades hasta que sus hijos se despierten sin un hogar, en el continente que sus padres conquistaron.”
Thomas Jefferson
presidente de Estados Unidos (1745-1826)


“Desde que ingresé a la política, muchos hombres se me han acercado para confiarme sus pensamientos de manera reservada. Algunos de los más importantes hombres de los Estados Unidos, de las áreas del comercio y de la industria están asustados de alguien, están asustados de algo... Saben que en algún lugar hay un poder tan organizado, tan escondido, tan vigilante, tan interrelacionado, tan completo, que es mejor no hablar más alto que el ruido de la respiración cuando se los condena.”
Woodrow Wilson
presidente de los Estados Unidos (1912-1920)


“Tenemos, en este país, una de las instituciones más corruptas que el mundo haya conocido jamás. Me refiero al Concejo de Reserva Federal y a los Bancos de Reserva Federal (FED) (...) Aquí se está preparando un sistema bancario mundial… Un super-Estado controlado por los banqueros internacionales, que actúan en conjunto para esclavizar al mundo en pos de su propio placer. El Banco Central ha usurpado el gobierno.”
Louis McFadden
Congresista del Gobierno de Woodrow Wilson
(fue víctima de dos atentados contra su vida. Murió en 1936. El motivo de su muerte nunca fue esclarecido)


“Nuestra gran Nación industrial está controlada por su sistema de créditos. Nuestro sistema de crédito está concentrado en manos privadas. El crecimiento de la nación y por consiguiente de todas nuestras actividades, está en manos de unos pocos hombres, quienes necesariamente, por motivos de sus propios intereses, congelan, frenan y destruyen la genuina libertad económica. Nos hemos transformado en uno de los gobiernos peor dirigidos, uno de los gobiernos más completamente controlados y dominados del mundo civilizado. No hay más un gobierno de libre opinión, no hay más un gobierno por convicción y el voto de la mayoría, sino que hay un gobierno de la opinión y la coacción de pequeñas elites de hombres dominantes.”
Woodrow Wilson
presidente de los Estados Unidos (1912-1920)


“Damas y caballeros: la propia palabra “secreto” es repugnante en una sociedad libre y abierta. Históricamente nos hemos opuesto a las sociedades secretas, a juramentos secretos, y a procedimiento secretos… Pero hoy, nos enfrentamos en todo el mundo a una conspiración monolítica y despiadada, que se basa principalmente en métodos encubiertos para expandir su esfera de influencia, basada en la infiltración, en lugar de invasión, en subversión, en lugar de elecciones, en intimidación, en lugar de libre elección. Este es un sistema que ha conscripto vastos recursos humanos y materiales para construir una máquina eficaz, estrechamente entretejida que combina operaciones militares, diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. Sus preparativos son ocultos, no se publican, sus errores son enterrados, no se anuncian, sus disidentes son silenciados, no elogiados. No se cuestionan sus gastos, no se publican los rumores, no se revelan los secretos… Les pido su ayuda en la tremenda tarea de informar y alertar a la población norteamericana, confiando que con su ayuda el hombre conseguirá ser lo que debería ser, libre e independiente.”
John F. Kennedy (1961-1963)
último presidente norteamericano que trató de transformar al FED emitiendo un decreto presidencial, poco antes de ser asesinado.


"Tendremos un Gobierno Mundial, nos guste o no. La única pregunta es si este Gobierno Mundial se conseguirá por conquista o por consenso."
Paul Warburg
Consejero de Relaciones Exteriores y arquitecto del sistema de Reserva Federal (FED)
(17 de Febrero de 1950)


“Estamos agradecidos con el Washington Post, la revista New York Times, y otras grandes publicaciones cuyos directores han asistido a nuestras reuniones y respetado sus promesas de discreción por casi 40 años... Hubiera sido imposible para nosotros desarrollar nuestro plan para el mundo si hubiésemos estado sujetos a las luces de las publicaciones durante esos años. Pero hoy el mundo está más sofisticado y preparado para marchar hacia un gobierno mundial… Una soberanía supranacional de una elite intelectual y los banqueros mundiales, es seguramente preferible a la auto-determinación nacional, practicada en siglos pasados.”
David Rockefeller (1915-2009)
miembro de la dinastía de banqueros anglo-norteamericanos, quienes financiaron la creación del FED y fundaron Estándar Oil. Fue director del Chase National Bank (conocido en la actualidad como JP MorganChase & Co.), banco que mantiene estrechas relaciones con la industria petrolífera, a la que financia debido a las conexiones con las compañías surgidas de Standard Oil, especialmente con Exxon Mobil (relacionada con la familia Bush).


"El sucio secretito (de la política) es que ambos partidos del Congreso son irrelevantes. La política doméstica de Estados Unidos está siendo dirigida por Alan Greenspan (presidente del FED) y la Reserva Federal. La política exterior de Estados Unidos está siendo dirigida por el Fondo Monetario Internacional (FMI)."
Robert Reich
consejero cercano y miembro del gabinete del presidente Bill Clinton
(7 de Enero de 1999, USA Today)


“La actual ventana de oportunidad, durante la cual un orden mundial verdaderamente pacífico e interdependiente pueda ser construido, no estará abierta por mucho tiempo. Estamos en el vértice de una transformación global, todo lo que necesitamos es la más grande y perfecta crisis, y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial.”
David Rockefeller (1915-2009)

...

Extraído del Vademekum Contrapublicitario

4 de febrero de 2010

Lo superfluo antes que lo necesario

Por André Gorz

El individuo que se alimenta con carne roja y pan blanco, se traslada por medio de un motor y se viste con fibras sintéticas, ¿ vive mejor que el que come pan negro y queso blanco, se traslada en bicicleta y se viste con lana y algodón? La pregunta casi carece de sentido. Supone que, en una misma sociedad, el mismo individuo puede elegir entre dos modos de vida diferentes. Prácticamente, eso es imposible: se le ofrece un solo modo de vida, más o menos flexible o rígido, y ese modo de vida está determinado por la estructura de la producción y por sus técnicas. Ellas determinan el medio ambiente que condiciona las necesidades, los objetos que permiten satisfacer las necesidades, la manera de consumir o de utilizar esos objetos.

Pero la cuestión de fondo es ésta: ¿ qué es lo que garantiza el ajuste de la producción a las necesidades, tanto desde el punto de vista general como para cada producto? Los economistas liberales sostuvieron durante mucho tiempo que este ajuste está garantizado por la sanción del mercado. Pero esta tesis ya no tiene más que escasísimos defensores. Indudablemente, si se razona no globalmente -en términos de óptimo económico y humano- sino para cada producto tomado aisladamente, todavía se puede sostener que un producto totalmente desprovisto de valor de uso no encontraría adquirente. Sin embargo, es completamente imposible concluir de ello que los productos de consumo de masas más difundidos son realmente aquellos que, en una etapa dada de la evolución técnica, permiten satisfacer mejor y más racionalmente (a menor costo y con menor gasto de tiempo y de esfuerzo) una necesidad determinada.

En efecto, para la empresa capitalista, la búsqueda del óptimo económico y humano y la búsqueda de la rentabilidad máxima del capital invertido sólo pueden coincidir en forma accidental. La búsqueda de la ganancia máxima es la exigencia primera del capital, y el aumento del valor de uso no es más que un subproducto de esta búsqueda.

Por ejemplo, tomemos el caso de la generalización de los envases desechables para los productos lácteos. Desde el punto de vista del valor de uso, la superioridad de la leche o del yogurt en envase de celulosa puede ser nula (e incluso negativa). Desde el punto de vista de la empresa capitalista, en cambio, esa sustitución es netamente ventajosa. La botella o el frasco de vidrio representaban un capital inmovilizado y que no "giraba": los envases vacíos se recuperaban y servían indefinidamente, mientras motivaban gastos de manutención (recuperación, esterilización). Los envases desechables, en cambio" permiten una economía sustancial sobre la manutención, al mismo tiempo que la venta con ganancia, además del producto lácteo, de su envase. Los trusts lácteos, para aumentar sus ganancias, imponen entonces la compra forzosa de un nuevo producto, con aumento de precios para un valor de uso constante (y hasta menor).

En otros casos, la alternativa entre ganancia máxima y valor de uso máximo es aún más evidente. Por ejemplo, el trust Philips perfeccionó en 1938 la iluminación por tubos fluorescentes. La duración de la vida de sus tubos era entonces de 10000 horas. Su producción habría permitido cubrir las necesidades a poco costo y en un periodo relativamente corto; las amortizaciones, en cambio, habrían debido distribuirse durante un periodo largo; la rotación del capital habría sido lenta, la duración del trabajo necesario para la cobertura de las necesidades iría disminuyendo. Entonces el trust invirtió nuevos capitales para perfeccionar tubos que durasen 1 000 horas, para acelerar así la rotación del capital y realizar -a costa de notables deseconomías- una tasa de acumulación y de ganancia mucho más elevada.

Lo mismo sucede con las fibras sintéticas (cuya fragilidad, especialmente para las medias, ha ido aumentando) o con los vehículos de motor, dotados deliberadamente de órganos de desgaste rápido (tan costosos como lo serían órganos de desgaste mucho más lento). De manera general, y cualesquiera sean por otra parte las posibilidades objetivas, científicas y técnicas, la evolución técnica en función del criterio de la ganancia máxima diverge a menudo de una evolución que estuviera subordinada al criterio de la utilidad social y económica máxima. Aun cuando las necesidades fundamentales permanezcan en gran medida insatisfechas, el capital monopolista organiza objetivamente escaseces, despilfarra los recursos naturales y el trabajo humano, y orienta la producción (y el consumo) hacia los objetos cuya difusión es más rentable, cualquiera sea, en la jerarquía de las necesidades, la necesidad de tales objetos.

Globalmente, el capitalismo monopolista tiende hacia un modelo "opulento" que nivele el consumo "por lo alto": los bienes ofrecidos tienden a uniformarse mediante la incorporación de un máximo de "valor agregado", sin que éste aumente sensiblemente el valor de uso de los productos. En los casos límite (límite al que llega una gama impresionante de productos), el bien de uso se convierte en el pretexto para vender bienes suntuarios que multiplican su precio: se vende ante todo envase y "marca" (es decir, publicidad comercial), y sólo de pilón se vende un bien de uso. El envase y la marca, por lo demás, están expresamente concebidos para engañar sobre la cantidad, la calidad y la naturaleza del producto: el dentífrico está dotado de virtudes eróticas, el jabón de lavar de virtudes mágicas, el automóvil (en Estados Unidos) se promueve como un símbolo de la ubicación social.

La diversidad aparente de los productos encubre mal su uniformidad real: la diferenciación de marcas es marginal. Todos los automóviles norteamericanos se parecen debido a la incorporación de un máximo de "envase" y de falso lujo, hasta el punto de que una intensa propaganda comercial se orienta a "educar" a los consumidores, desde la edad escolar, en la percepción de las diferencias de detalle y en la no percepción del parecido sustancial. Esta dictadura monopolista sobre las necesidades y los gustos de los individuos sólo ha podido ser derrotada, en Estados Unidos, desde el exterior: por los fabricantes de automóviles europeos. La nivelación por "lo alto", es decir hacia la incorporación de un máximo de superfluo, se ha hecho en este caso en detrimento del valor de uso del producto, sin que los usuarios hayan podido, durante años, invertir la tendencia de un oligopolio a vender cada vez más caro bienes de un valor de uso en disminución.

La búsqueda de la ganancia máxima, para atenernos a este ejemplo que se refiere a una de las industrias piloto del país más desarrollado, ni siquiera se ha acompañado con una fecundidad científica y técnica. La tendencia a preferir lo accesorio a lo esencial, el mejoramiento de la tasa de ganancia al mejoramiento del valor de uso, ha constituido un despilfarro absoluto. La industria del automóvil norteamericana -que cambia sus modelos cada año y enfrenta a los dos mayores grupos del mundo no dio origen a ninguna de las cuatro innovaciones técnicas mayores de la postguerra. La competencia comercial actuó sólo en el sentido de la búsqueda de la productividad máxima, no en el de la búsqueda , del valor de uso máximo. La idea según la cual la competencia sería un factor de aceleración del progreso técnico y científico es así, en gran medida, un mito: no contribuye al progreso técnico más que en cuanto éste permite aumentar la ganancia. El progreso técnico, dicho en otros términos, se concentra esencialmente sobre la productividad, y sólo accesoriamente sobre la búsqueda de un óptimo humano tanto en la manera de producir, como en la manera de consumir.

Por eso, en todas las sociedades capitalistas desarrolladas, coexisten despilfarros gigantescos con necesidades fundamentales ampliamente insatisfechas (necesidades de viviendas, de hospitales, de escuelas, de higiene, etc.). Por eso también la afirmación de que la ganancia capitalista (sobreentendido: la ganancia distribuida o consumida) no pesaría demasiado (alrededor del 5% del ingreso consumido) en la economía, es una grosera mistificación.

Indudablemente, es verdad que la confiscación de las plusvalías consumidas por los capitalistas no permitiría mejorar sensiblemente la situación de las clases populares o sólo de los asalariados. Pero ya nadie afirma que lo que hay que atacar principalmente para transformar la sociedad es la ganancia que se embolsan los capitalistas individuales, los ingresos de las grandes familias y de la patronal. Lo que está en tela de juicio no son los ingresos individuales motivados por la ganancia capitalista; es la orientación que el sistema y la lógica de la ganancia, es decir de la acumulación capitalista, imprimen a la economía y al conjunto de la sociedad; es la política de administración capitalista del aparato de producción, y la inversión de las prioridades reales que provoca en el modelo de consumo.

Lo que interesa mostrar y denunciar constantemente es esto, esta organización del despilfarro de trabajo y de recursos por un lado, esta organización de escaseces (escasez de tiempo, de aire, de equipos colectivos, de posibilidades culturales, etc.) por el otro. Esta pareja despilfarro-escasez es el absurdo mayor, al nivel del modelo de consumo, del sistema y de la administración capitalistas. Romper lanzas contra las grandes familias y la ganancia (expresada en dinero) es siempre menos eficaz que cuestionar la política de administración capitalista de las empresas y de la economía en nombre de una administración diferente, es decir de una orientación de la producción en función de las necesidades y no orientada hacia la ganancia máxima. Mostrar la posibilidad de esta administración y los resultados diferentes que daría; esbozar un modelo de consumo diferente, es de un alcance revolucionario mucho más real que los discursos abstractos sobre los miles de millones de los monopolios y su eventual nacionalización. Este sólo será un objetivo movilizador unido a un programa concreto que indique por qué conviene nacionalizar, qué resultados -actualmente imposibles-, permitiría alcanzar la nacionalización, qué es lo que era podría y debería cambiar.

3 de febrero de 2010

Contrapublicidad


Es tiempo de abrir los ojos: la publicidad no es más que la expresión pública del potencial económico de ciertas empresas y las elites dominantes, el lenguaje que éstas utilizan para conducir nuestras necesidades y nuestros deseos hacia ciertos modelos de vida pre-elaborados, hacia niveles de consumo que posibilitan y consolidan su hegemonía, y en definitiva, hacia la perpetuación de una sociedad desigual, social y ambientalmente explotadora.

Creemos que la publicidad, tal como la conocemos, es preponderantemente propaganda ideológica, el vehículo predilecto de los poderosos para inocular una ideología, unos valores y unos estilos de vida en las sociedades, con lo que consiguen anestesiar la capacidad crítica de consumo de la gente, distraerlas y manipular sus conductas de acuerdo a sus intereses.

Las elites globalistas de poder y sus empresas trasnacionales han logrado avasallar las soberanías nacionales, corromperlas e imponer un sistema global legalizado que ya sólo existe para facilitar sus operaciones. Desde esta posición de dominio absoluto, las corporaciones se han lanzado al proyecto no sólo de controlar el poder y el dinero, sino las mentes de todos. A través de una publicidad que ya no vende productos, sino estilos de vida, y que se reproduce en todos los rincones de nuestra existencia, las multinacionales se han propuesto ocupar antes que nada el espacio mental de las personas hasta el punto de que ya no tengan capacidad de decisión autónoma.


Julián Pellegrini - Proyecto Squatters

Metafísica de la Guerra . II

Por Julius Evola


Hemos visto como el fenómeno del heroísmo guerrero ha podido revestir varias formas y obedecer a diferentes significados una vez fijados los valores de auténtica espiritualidad que lo diferencian profundamente.

Por ello vamos a comenzar examinando ciertas concepciones relativas a las antiguas tradiciones romanas.

En general, no hay más que un concepto laico del valor de la romanidad en la antigüedad. El romano no fue más que un soldado en el sentido estricto de la palabra y gracias a sus virtudes militares unidas a una feliz concurrencia de circunstancias hubo conquistado el mundo.

Antes que nada, el romano alimentaba la íntima convicción de que Roma, su "Imperium" y su "Aeternitas" se debían a fuerzas divinas. Para considerar esta convicción romana bajo un ángulo exclusivamente "positivo", es preciso sustituir esta creencia por un misterio: misterio de como un puñado de hombres, sin ninguna necesidad de "tierra" o "patria", sin estar poseídos por ninguno de estos mitos o pasiones que tanto acarician los modernos y con las que justifican la guerra y promueven acciones heroicas, sino bajo un extraño e irresistible impulso, fueron arrastrados cada vez más lejos, de país en país, reduciéndolo todo a una "ascesis de poderío". Según testimonios de todos los clásicos, los primeros romanos eran muy religiosos -"nostri maiores religiosissimi mortales"- pero esta religiosidad no permanecía sólo dentro de una esfera abstracta y aislada desbordada en la práctica hacia el mundo de la acción y en consecuencia , abarcaba también la experiencia guerrera.

Un colegio sagrado formado por los "Festivos" presidía en Roma un sistema bien determinado de ritos que servían de contrapartida mística a cualquier guerra, desde su declaración hasta su conclusión. De una manera general, es cierto que uno de los principios del arte militar romano era evitar librar batallas antes que los signos místicos hubiesen, por así decirlo, indicado el "momento".

Con las deformaciones y prejuicios de la educación moderna no se querrá ver en esto más que una superestructura extrínseca hecha a base de un fatalismo extravagante. Pero no era ni lo uno ni lo otro. La esencia del arte augural practicado por el patriciado romano, así como otras disciplinas análogas de carácter más o menos idéntico en el ciclo de las grandes civilizaciones indo- europeas no era descubrir el "destino" a base de una supersticiosa pasividad, sino, por el contrario, descubrir por adelantado los puntos de conjunción con influencias invisibles, para concentrar las fuerzas de los hombres y hacerlas más poderosas, actuando igualmente sobre el plano superior con el fin de barrer, cuando la concordancia era perfecta, todos los obstáculos y resistencias en el plano material y espiritual. Es difícil, pues, a partir de eso, dudar del valor romano, la ascesis romana de la potencia no era sólo en su contrapartida espiritual y sacra, instrumento de la grandeza militar y temporal, sino también un contacto y una unión con las fuerzas superiores.

Si fuese este el momento, podríamos citar numerosa documentación para basar esta tesis. Nos limitaremos sin embargo a recordar que la ceremonia del triunfo tuvo en Roma un carácter mucho más religioso que laico-militar y numerosos elementos permiten deducir que el romano atribuía la victoria de sus "duces" más a un fuerza trascendente, que se manifestaba real y eficazmente a través de ellos en su heroismo e incluso por medio de su sacrificio (como en el rito de la "devotio" en el que los jefes se inmolaban), que a sus cualidades simplemente humanas. De esta forma, el vencedor, revistiendo la "dignitas" del Dios capitolino supremo, a parte del triunfo, se identificaba con él, era su imagen, e iba a depositar en las manos de éste el laurel de su victoria, en homenaje al verdadero vencedor.

En fin, uno de los orígenes de la apoteosis imperial, el sentimiento que bajo la apariencia del Emperador se escondía un "numen" inmortal, está incontestablemente derivado de la experiencia guerrera: el "Imperator", originariamente era el jefe militar aclamado sobre el campo de batalla en el momento de la victoria, pero en ese instante aparecía también como transfigurado por una fuerza llegada de lo alto, terrible y maravillosa, que daba la impresión del "numen". Esta concepción, por otro lado, no es exclusivamente romana, se la encuentra en toda la antigüedad clásico-mediterránea y no se limitaba a los generales vencedores, se extendía a los campeones olímpicos y a lo supervivientes de los combates sangrientos del circo. En Hélade, el mito de los Héroes se confunde con las doctrinas místicas, como el orfismo, identificando al guerrero vencedor con el iniciado, vencedor de la muerte.

Testimonios precisos sobre un heroismo y un valor emanaban más o menos conscientemente de las vías espirituales, benditos no solo por las conquistas materiales y gloriosas a donde conducían, sino también por su aspecto de evocación ritual y de conquista espiritual.

Pasemos a otros testimonios de esta tradición que, por su naturaleza, es metafísica y en donde, en consecuencia, el elemento "raza" no puede tener más que una parte secundaria y contingente. Decimos eso, pues más adelante trataremos de la "Guerra Santa" que fue practicada en el mundo guerrero del Sacro Imperio Romano-Germánico. Esta civilización se presentaba como un punto de confluencia creadora de tres elementos romano uno, cristiano otro y, un último, nórdico.

Respecto al primero, ya hemos hecho alusión a él en el contexto que nos interesa. El elemento cristiano se manifestará bajo los rasgos de un heroismo caballeresco supranacional con las cruzadas. Queda el elemento nórdico. Con objeto de que nadie se llame a engaño al respecto, señalamos que se trata de un carácter esencialmente suprarracial, por lo tanto incapaz de valorizar o denigrar un pueblo en relación a otro. Para hacer alusión a un plano en el cual nos autoexcluimos de momento, nos limitaremos a decir que en las evocaciones nórdicas más o menos frenéticas que se celebran hoy en día "ad usum delphini" en la Alemania Nazi, por sorprendente que pueda parecer, se asiste a una deformación y a una depreciación de las auténticas tradiciones nórdicas tal como fueron originariamente y tal como se perpetuaron en los Príncipes que tenían por gran honor el poder denominarse "Romanos" aun no siéndolo de raza. Por el contrario, para numerosos escritores "racistas" de hoy, "nórdico" no significa más que "anti-romano" y "romano" tendría más o menos un significado equivalente a "judío".

Dicho esto, es interesante reproducir una significativa fórmula guerrera de la tradición celta: "Combatid por vuestra tierra y aceptad la muerte si es preciso: pues la muerte es una victoria y una liberación del alma". Idéntico concepto corresponde en nuestras tradiciones clásicas a la expresión "mors triunphalis". En cuanto a la tradición realmente nórdica nadie ignora lo relacionado con el Walhalla (literalmente: reino de los elegidos). El Señor de este lugar simbólico es Odín-Wotan que nos aparece en la Ynglingasaga, como aquel que, por su sacrificio simbólico en el "árbol del mundo", habría indicado a los héroes el modo de esperar el divino descanso en el lugar donde se vive eternamente sobre una cima luminosa y resplandeciente, más allá de las nubes. Según esta tradición, ningún sacrificio, ningún culto eran tan gratos a Dios, ni más ricos en recompensa en el otro mundo, como aquel realizado por el guerrero que combate y muere luchando. Aún hay más: el ejército de los héroes muertos en combate debe reforzar la falange de los "héroes celestes" que luchan contra el Ragna-rök, es decir, contra el destino del "obscurecimiento de lo divino" que, según las enseñanzas, como en el caso de las clásicas (Hesíodo) pesa sobre el mundo desde las edades más remotas. Encontramos este tema bajo formas diferentes en las leyendas medievales concernientes a la "ultima batalla" que librará el emperador jamás muerto. Aquí, para percibir el elemento universal, tenemos que sacar a la luz la concordancia de antiguos conceptos nórdicos (que, digamos de paso, Wagner desfiguró con su romanticismo ampuloso, confuso y teutónico) con las antiguas concepciones iranias y persas. Algunos se sorprenderán al saber que las famosas Walkirias no son quienes recogen las almas de los guerreros destinados al Walhalla, sino la personificación de la parte trascendente de estos guerreros cuyo equivalente exacto son las fravashi que en la tradición irano-persa están representadas como mujeres de luz y vírgenes arrebatadas de las batallas. Personifican más o menos a fuerzas sobrenaturales en que las fuerzas humanas de los guerreros "fieles al Dios de la Luz" pueden transfigurarse y producir un efecto terrible y turbulento en las acciones sangrientas. La tradición irania contenía igualmente la concepción simbólica de una figura divina, Mithra, concebida como el "guerrero sin sueño", que al frente de las fravashi de sus fieles, combate contra los emisarios del dios de las tinieblas, hasta la aparición del Saoshyant, señor de un reino que ha de llegar de "paz triunfal".

Estos elementos de la antigua tradición indo-europea repiten siempre los temas de la sacralidad de la guerra y del héroe que no muere realmente, sino que pasa a ser soldado de un ejército místico en una lucha cósmica, interfiriendo visiblemente con los elementos del cristianismo que puede asumir la divisa "Vita est militia super terram" y reconocer que no solamente con la humildad, caridad, esperanza y demás, sino también con una especie de violencia -la afirmación heroica- es posible acceder al "Reino de los Cielos". Es precisamente de esta convergencia de temas como la nación la concepción espiritual de la "gran guerra" propia de la Edad Media de las Cruzadas y que vamos a analizar decantándonos por adelantado sobre el aspecto interior individual siempre actual de estas enseñanzas.

1 de febrero de 2010

La Aceptación de la Deuda Externa



La Derecha Argentina no es sino la gerencia local del poder internacional del dinero y las finanzas. Es por eso que en el cuadro de la derecha también entran todos los que siguen rindiendole cuentas a los usureros que remataron el Estado y empobrecieron al pueblo. Me refiero a los alineados con el Gobierno Nacional, el PJ, la CGT, y el progresismo que solo considera crímenes de lesa humanidad las desapariciones.

Desapariciones que fueron solo la consecuencia del objetivo anhelado por la reacción: destruir todo avance y voluntad que se dirija a conseguir la independencia económica y la soberanía política de nuestro pueblo.

Los andamiajes económicos de la dictadura siguen en pie. Martinez de Hoz y Cavallo siguen vivitos y coleando. La Deuda no se investiga porque al ser un crimen prolongado a través del tiempo, involucra a todo el espectro político. Los Gobiernos que se sucedieron desde 1983 no pueden legitimar nada como quisiera la presidenta.

Tengamos claro que la "democracia" actual es solo el negocio turbio de una clase política enquistada en el Estado. Neocolonialismo financiero, y no más que eso. La alternancia bípeda del sistema agacha la cabeza ante la deuda, nuestra cadena más pesada, el testimonio de nuestra dependencia.

Y por último, no viene mal una pequeña clase de derecho (o de ética) para todos los amigos de este gobierno: Un ilícito sigue siendo ilícito aunque lo bendiga el Congreso, un Gobierno o María Santísima. ¿Que clase de cinismo están aplicando quienes afirman que un hecho ilegal, inmoral e ilegítimo como la deuda externa puede proscribir porque lo aceptó la mafia partidaria del PJ y la UCR? ¿No es esta la verdadera obediencia debida y punto final de la partidocracia?


El Frente Negro