4 de febrero de 2010

Lo superfluo antes que lo necesario

Por André Gorz

El individuo que se alimenta con carne roja y pan blanco, se traslada por medio de un motor y se viste con fibras sintéticas, ¿ vive mejor que el que come pan negro y queso blanco, se traslada en bicicleta y se viste con lana y algodón? La pregunta casi carece de sentido. Supone que, en una misma sociedad, el mismo individuo puede elegir entre dos modos de vida diferentes. Prácticamente, eso es imposible: se le ofrece un solo modo de vida, más o menos flexible o rígido, y ese modo de vida está determinado por la estructura de la producción y por sus técnicas. Ellas determinan el medio ambiente que condiciona las necesidades, los objetos que permiten satisfacer las necesidades, la manera de consumir o de utilizar esos objetos.

Pero la cuestión de fondo es ésta: ¿ qué es lo que garantiza el ajuste de la producción a las necesidades, tanto desde el punto de vista general como para cada producto? Los economistas liberales sostuvieron durante mucho tiempo que este ajuste está garantizado por la sanción del mercado. Pero esta tesis ya no tiene más que escasísimos defensores. Indudablemente, si se razona no globalmente -en términos de óptimo económico y humano- sino para cada producto tomado aisladamente, todavía se puede sostener que un producto totalmente desprovisto de valor de uso no encontraría adquirente. Sin embargo, es completamente imposible concluir de ello que los productos de consumo de masas más difundidos son realmente aquellos que, en una etapa dada de la evolución técnica, permiten satisfacer mejor y más racionalmente (a menor costo y con menor gasto de tiempo y de esfuerzo) una necesidad determinada.

En efecto, para la empresa capitalista, la búsqueda del óptimo económico y humano y la búsqueda de la rentabilidad máxima del capital invertido sólo pueden coincidir en forma accidental. La búsqueda de la ganancia máxima es la exigencia primera del capital, y el aumento del valor de uso no es más que un subproducto de esta búsqueda.

Por ejemplo, tomemos el caso de la generalización de los envases desechables para los productos lácteos. Desde el punto de vista del valor de uso, la superioridad de la leche o del yogurt en envase de celulosa puede ser nula (e incluso negativa). Desde el punto de vista de la empresa capitalista, en cambio, esa sustitución es netamente ventajosa. La botella o el frasco de vidrio representaban un capital inmovilizado y que no "giraba": los envases vacíos se recuperaban y servían indefinidamente, mientras motivaban gastos de manutención (recuperación, esterilización). Los envases desechables, en cambio" permiten una economía sustancial sobre la manutención, al mismo tiempo que la venta con ganancia, además del producto lácteo, de su envase. Los trusts lácteos, para aumentar sus ganancias, imponen entonces la compra forzosa de un nuevo producto, con aumento de precios para un valor de uso constante (y hasta menor).

En otros casos, la alternativa entre ganancia máxima y valor de uso máximo es aún más evidente. Por ejemplo, el trust Philips perfeccionó en 1938 la iluminación por tubos fluorescentes. La duración de la vida de sus tubos era entonces de 10000 horas. Su producción habría permitido cubrir las necesidades a poco costo y en un periodo relativamente corto; las amortizaciones, en cambio, habrían debido distribuirse durante un periodo largo; la rotación del capital habría sido lenta, la duración del trabajo necesario para la cobertura de las necesidades iría disminuyendo. Entonces el trust invirtió nuevos capitales para perfeccionar tubos que durasen 1 000 horas, para acelerar así la rotación del capital y realizar -a costa de notables deseconomías- una tasa de acumulación y de ganancia mucho más elevada.

Lo mismo sucede con las fibras sintéticas (cuya fragilidad, especialmente para las medias, ha ido aumentando) o con los vehículos de motor, dotados deliberadamente de órganos de desgaste rápido (tan costosos como lo serían órganos de desgaste mucho más lento). De manera general, y cualesquiera sean por otra parte las posibilidades objetivas, científicas y técnicas, la evolución técnica en función del criterio de la ganancia máxima diverge a menudo de una evolución que estuviera subordinada al criterio de la utilidad social y económica máxima. Aun cuando las necesidades fundamentales permanezcan en gran medida insatisfechas, el capital monopolista organiza objetivamente escaseces, despilfarra los recursos naturales y el trabajo humano, y orienta la producción (y el consumo) hacia los objetos cuya difusión es más rentable, cualquiera sea, en la jerarquía de las necesidades, la necesidad de tales objetos.

Globalmente, el capitalismo monopolista tiende hacia un modelo "opulento" que nivele el consumo "por lo alto": los bienes ofrecidos tienden a uniformarse mediante la incorporación de un máximo de "valor agregado", sin que éste aumente sensiblemente el valor de uso de los productos. En los casos límite (límite al que llega una gama impresionante de productos), el bien de uso se convierte en el pretexto para vender bienes suntuarios que multiplican su precio: se vende ante todo envase y "marca" (es decir, publicidad comercial), y sólo de pilón se vende un bien de uso. El envase y la marca, por lo demás, están expresamente concebidos para engañar sobre la cantidad, la calidad y la naturaleza del producto: el dentífrico está dotado de virtudes eróticas, el jabón de lavar de virtudes mágicas, el automóvil (en Estados Unidos) se promueve como un símbolo de la ubicación social.

La diversidad aparente de los productos encubre mal su uniformidad real: la diferenciación de marcas es marginal. Todos los automóviles norteamericanos se parecen debido a la incorporación de un máximo de "envase" y de falso lujo, hasta el punto de que una intensa propaganda comercial se orienta a "educar" a los consumidores, desde la edad escolar, en la percepción de las diferencias de detalle y en la no percepción del parecido sustancial. Esta dictadura monopolista sobre las necesidades y los gustos de los individuos sólo ha podido ser derrotada, en Estados Unidos, desde el exterior: por los fabricantes de automóviles europeos. La nivelación por "lo alto", es decir hacia la incorporación de un máximo de superfluo, se ha hecho en este caso en detrimento del valor de uso del producto, sin que los usuarios hayan podido, durante años, invertir la tendencia de un oligopolio a vender cada vez más caro bienes de un valor de uso en disminución.

La búsqueda de la ganancia máxima, para atenernos a este ejemplo que se refiere a una de las industrias piloto del país más desarrollado, ni siquiera se ha acompañado con una fecundidad científica y técnica. La tendencia a preferir lo accesorio a lo esencial, el mejoramiento de la tasa de ganancia al mejoramiento del valor de uso, ha constituido un despilfarro absoluto. La industria del automóvil norteamericana -que cambia sus modelos cada año y enfrenta a los dos mayores grupos del mundo no dio origen a ninguna de las cuatro innovaciones técnicas mayores de la postguerra. La competencia comercial actuó sólo en el sentido de la búsqueda de la productividad máxima, no en el de la búsqueda , del valor de uso máximo. La idea según la cual la competencia sería un factor de aceleración del progreso técnico y científico es así, en gran medida, un mito: no contribuye al progreso técnico más que en cuanto éste permite aumentar la ganancia. El progreso técnico, dicho en otros términos, se concentra esencialmente sobre la productividad, y sólo accesoriamente sobre la búsqueda de un óptimo humano tanto en la manera de producir, como en la manera de consumir.

Por eso, en todas las sociedades capitalistas desarrolladas, coexisten despilfarros gigantescos con necesidades fundamentales ampliamente insatisfechas (necesidades de viviendas, de hospitales, de escuelas, de higiene, etc.). Por eso también la afirmación de que la ganancia capitalista (sobreentendido: la ganancia distribuida o consumida) no pesaría demasiado (alrededor del 5% del ingreso consumido) en la economía, es una grosera mistificación.

Indudablemente, es verdad que la confiscación de las plusvalías consumidas por los capitalistas no permitiría mejorar sensiblemente la situación de las clases populares o sólo de los asalariados. Pero ya nadie afirma que lo que hay que atacar principalmente para transformar la sociedad es la ganancia que se embolsan los capitalistas individuales, los ingresos de las grandes familias y de la patronal. Lo que está en tela de juicio no son los ingresos individuales motivados por la ganancia capitalista; es la orientación que el sistema y la lógica de la ganancia, es decir de la acumulación capitalista, imprimen a la economía y al conjunto de la sociedad; es la política de administración capitalista del aparato de producción, y la inversión de las prioridades reales que provoca en el modelo de consumo.

Lo que interesa mostrar y denunciar constantemente es esto, esta organización del despilfarro de trabajo y de recursos por un lado, esta organización de escaseces (escasez de tiempo, de aire, de equipos colectivos, de posibilidades culturales, etc.) por el otro. Esta pareja despilfarro-escasez es el absurdo mayor, al nivel del modelo de consumo, del sistema y de la administración capitalistas. Romper lanzas contra las grandes familias y la ganancia (expresada en dinero) es siempre menos eficaz que cuestionar la política de administración capitalista de las empresas y de la economía en nombre de una administración diferente, es decir de una orientación de la producción en función de las necesidades y no orientada hacia la ganancia máxima. Mostrar la posibilidad de esta administración y los resultados diferentes que daría; esbozar un modelo de consumo diferente, es de un alcance revolucionario mucho más real que los discursos abstractos sobre los miles de millones de los monopolios y su eventual nacionalización. Este sólo será un objetivo movilizador unido a un programa concreto que indique por qué conviene nacionalizar, qué resultados -actualmente imposibles-, permitiría alcanzar la nacionalización, qué es lo que era podría y debería cambiar.

3 de febrero de 2010

Contrapublicidad


Es tiempo de abrir los ojos: la publicidad no es más que la expresión pública del potencial económico de ciertas empresas y las elites dominantes, el lenguaje que éstas utilizan para conducir nuestras necesidades y nuestros deseos hacia ciertos modelos de vida pre-elaborados, hacia niveles de consumo que posibilitan y consolidan su hegemonía, y en definitiva, hacia la perpetuación de una sociedad desigual, social y ambientalmente explotadora.

Creemos que la publicidad, tal como la conocemos, es preponderantemente propaganda ideológica, el vehículo predilecto de los poderosos para inocular una ideología, unos valores y unos estilos de vida en las sociedades, con lo que consiguen anestesiar la capacidad crítica de consumo de la gente, distraerlas y manipular sus conductas de acuerdo a sus intereses.

Las elites globalistas de poder y sus empresas trasnacionales han logrado avasallar las soberanías nacionales, corromperlas e imponer un sistema global legalizado que ya sólo existe para facilitar sus operaciones. Desde esta posición de dominio absoluto, las corporaciones se han lanzado al proyecto no sólo de controlar el poder y el dinero, sino las mentes de todos. A través de una publicidad que ya no vende productos, sino estilos de vida, y que se reproduce en todos los rincones de nuestra existencia, las multinacionales se han propuesto ocupar antes que nada el espacio mental de las personas hasta el punto de que ya no tengan capacidad de decisión autónoma.


Julián Pellegrini - Proyecto Squatters

Metafísica de la Guerra . II

Por Julius Evola


Hemos visto como el fenómeno del heroísmo guerrero ha podido revestir varias formas y obedecer a diferentes significados una vez fijados los valores de auténtica espiritualidad que lo diferencian profundamente.

Por ello vamos a comenzar examinando ciertas concepciones relativas a las antiguas tradiciones romanas.

En general, no hay más que un concepto laico del valor de la romanidad en la antigüedad. El romano no fue más que un soldado en el sentido estricto de la palabra y gracias a sus virtudes militares unidas a una feliz concurrencia de circunstancias hubo conquistado el mundo.

Antes que nada, el romano alimentaba la íntima convicción de que Roma, su "Imperium" y su "Aeternitas" se debían a fuerzas divinas. Para considerar esta convicción romana bajo un ángulo exclusivamente "positivo", es preciso sustituir esta creencia por un misterio: misterio de como un puñado de hombres, sin ninguna necesidad de "tierra" o "patria", sin estar poseídos por ninguno de estos mitos o pasiones que tanto acarician los modernos y con las que justifican la guerra y promueven acciones heroicas, sino bajo un extraño e irresistible impulso, fueron arrastrados cada vez más lejos, de país en país, reduciéndolo todo a una "ascesis de poderío". Según testimonios de todos los clásicos, los primeros romanos eran muy religiosos -"nostri maiores religiosissimi mortales"- pero esta religiosidad no permanecía sólo dentro de una esfera abstracta y aislada desbordada en la práctica hacia el mundo de la acción y en consecuencia , abarcaba también la experiencia guerrera.

Un colegio sagrado formado por los "Festivos" presidía en Roma un sistema bien determinado de ritos que servían de contrapartida mística a cualquier guerra, desde su declaración hasta su conclusión. De una manera general, es cierto que uno de los principios del arte militar romano era evitar librar batallas antes que los signos místicos hubiesen, por así decirlo, indicado el "momento".

Con las deformaciones y prejuicios de la educación moderna no se querrá ver en esto más que una superestructura extrínseca hecha a base de un fatalismo extravagante. Pero no era ni lo uno ni lo otro. La esencia del arte augural practicado por el patriciado romano, así como otras disciplinas análogas de carácter más o menos idéntico en el ciclo de las grandes civilizaciones indo- europeas no era descubrir el "destino" a base de una supersticiosa pasividad, sino, por el contrario, descubrir por adelantado los puntos de conjunción con influencias invisibles, para concentrar las fuerzas de los hombres y hacerlas más poderosas, actuando igualmente sobre el plano superior con el fin de barrer, cuando la concordancia era perfecta, todos los obstáculos y resistencias en el plano material y espiritual. Es difícil, pues, a partir de eso, dudar del valor romano, la ascesis romana de la potencia no era sólo en su contrapartida espiritual y sacra, instrumento de la grandeza militar y temporal, sino también un contacto y una unión con las fuerzas superiores.

Si fuese este el momento, podríamos citar numerosa documentación para basar esta tesis. Nos limitaremos sin embargo a recordar que la ceremonia del triunfo tuvo en Roma un carácter mucho más religioso que laico-militar y numerosos elementos permiten deducir que el romano atribuía la victoria de sus "duces" más a un fuerza trascendente, que se manifestaba real y eficazmente a través de ellos en su heroismo e incluso por medio de su sacrificio (como en el rito de la "devotio" en el que los jefes se inmolaban), que a sus cualidades simplemente humanas. De esta forma, el vencedor, revistiendo la "dignitas" del Dios capitolino supremo, a parte del triunfo, se identificaba con él, era su imagen, e iba a depositar en las manos de éste el laurel de su victoria, en homenaje al verdadero vencedor.

En fin, uno de los orígenes de la apoteosis imperial, el sentimiento que bajo la apariencia del Emperador se escondía un "numen" inmortal, está incontestablemente derivado de la experiencia guerrera: el "Imperator", originariamente era el jefe militar aclamado sobre el campo de batalla en el momento de la victoria, pero en ese instante aparecía también como transfigurado por una fuerza llegada de lo alto, terrible y maravillosa, que daba la impresión del "numen". Esta concepción, por otro lado, no es exclusivamente romana, se la encuentra en toda la antigüedad clásico-mediterránea y no se limitaba a los generales vencedores, se extendía a los campeones olímpicos y a lo supervivientes de los combates sangrientos del circo. En Hélade, el mito de los Héroes se confunde con las doctrinas místicas, como el orfismo, identificando al guerrero vencedor con el iniciado, vencedor de la muerte.

Testimonios precisos sobre un heroismo y un valor emanaban más o menos conscientemente de las vías espirituales, benditos no solo por las conquistas materiales y gloriosas a donde conducían, sino también por su aspecto de evocación ritual y de conquista espiritual.

Pasemos a otros testimonios de esta tradición que, por su naturaleza, es metafísica y en donde, en consecuencia, el elemento "raza" no puede tener más que una parte secundaria y contingente. Decimos eso, pues más adelante trataremos de la "Guerra Santa" que fue practicada en el mundo guerrero del Sacro Imperio Romano-Germánico. Esta civilización se presentaba como un punto de confluencia creadora de tres elementos romano uno, cristiano otro y, un último, nórdico.

Respecto al primero, ya hemos hecho alusión a él en el contexto que nos interesa. El elemento cristiano se manifestará bajo los rasgos de un heroismo caballeresco supranacional con las cruzadas. Queda el elemento nórdico. Con objeto de que nadie se llame a engaño al respecto, señalamos que se trata de un carácter esencialmente suprarracial, por lo tanto incapaz de valorizar o denigrar un pueblo en relación a otro. Para hacer alusión a un plano en el cual nos autoexcluimos de momento, nos limitaremos a decir que en las evocaciones nórdicas más o menos frenéticas que se celebran hoy en día "ad usum delphini" en la Alemania Nazi, por sorprendente que pueda parecer, se asiste a una deformación y a una depreciación de las auténticas tradiciones nórdicas tal como fueron originariamente y tal como se perpetuaron en los Príncipes que tenían por gran honor el poder denominarse "Romanos" aun no siéndolo de raza. Por el contrario, para numerosos escritores "racistas" de hoy, "nórdico" no significa más que "anti-romano" y "romano" tendría más o menos un significado equivalente a "judío".

Dicho esto, es interesante reproducir una significativa fórmula guerrera de la tradición celta: "Combatid por vuestra tierra y aceptad la muerte si es preciso: pues la muerte es una victoria y una liberación del alma". Idéntico concepto corresponde en nuestras tradiciones clásicas a la expresión "mors triunphalis". En cuanto a la tradición realmente nórdica nadie ignora lo relacionado con el Walhalla (literalmente: reino de los elegidos). El Señor de este lugar simbólico es Odín-Wotan que nos aparece en la Ynglingasaga, como aquel que, por su sacrificio simbólico en el "árbol del mundo", habría indicado a los héroes el modo de esperar el divino descanso en el lugar donde se vive eternamente sobre una cima luminosa y resplandeciente, más allá de las nubes. Según esta tradición, ningún sacrificio, ningún culto eran tan gratos a Dios, ni más ricos en recompensa en el otro mundo, como aquel realizado por el guerrero que combate y muere luchando. Aún hay más: el ejército de los héroes muertos en combate debe reforzar la falange de los "héroes celestes" que luchan contra el Ragna-rök, es decir, contra el destino del "obscurecimiento de lo divino" que, según las enseñanzas, como en el caso de las clásicas (Hesíodo) pesa sobre el mundo desde las edades más remotas. Encontramos este tema bajo formas diferentes en las leyendas medievales concernientes a la "ultima batalla" que librará el emperador jamás muerto. Aquí, para percibir el elemento universal, tenemos que sacar a la luz la concordancia de antiguos conceptos nórdicos (que, digamos de paso, Wagner desfiguró con su romanticismo ampuloso, confuso y teutónico) con las antiguas concepciones iranias y persas. Algunos se sorprenderán al saber que las famosas Walkirias no son quienes recogen las almas de los guerreros destinados al Walhalla, sino la personificación de la parte trascendente de estos guerreros cuyo equivalente exacto son las fravashi que en la tradición irano-persa están representadas como mujeres de luz y vírgenes arrebatadas de las batallas. Personifican más o menos a fuerzas sobrenaturales en que las fuerzas humanas de los guerreros "fieles al Dios de la Luz" pueden transfigurarse y producir un efecto terrible y turbulento en las acciones sangrientas. La tradición irania contenía igualmente la concepción simbólica de una figura divina, Mithra, concebida como el "guerrero sin sueño", que al frente de las fravashi de sus fieles, combate contra los emisarios del dios de las tinieblas, hasta la aparición del Saoshyant, señor de un reino que ha de llegar de "paz triunfal".

Estos elementos de la antigua tradición indo-europea repiten siempre los temas de la sacralidad de la guerra y del héroe que no muere realmente, sino que pasa a ser soldado de un ejército místico en una lucha cósmica, interfiriendo visiblemente con los elementos del cristianismo que puede asumir la divisa "Vita est militia super terram" y reconocer que no solamente con la humildad, caridad, esperanza y demás, sino también con una especie de violencia -la afirmación heroica- es posible acceder al "Reino de los Cielos". Es precisamente de esta convergencia de temas como la nación la concepción espiritual de la "gran guerra" propia de la Edad Media de las Cruzadas y que vamos a analizar decantándonos por adelantado sobre el aspecto interior individual siempre actual de estas enseñanzas.

1 de febrero de 2010

La Aceptación de la Deuda Externa



La Derecha Argentina no es sino la gerencia local del poder internacional del dinero y las finanzas. Es por eso que en el cuadro de la derecha también entran todos los que siguen rindiendole cuentas a los usureros que remataron el Estado y empobrecieron al pueblo. Me refiero a los alineados con el Gobierno Nacional, el PJ, la CGT, y el progresismo que solo considera crímenes de lesa humanidad las desapariciones.

Desapariciones que fueron solo la consecuencia del objetivo anhelado por la reacción: destruir todo avance y voluntad que se dirija a conseguir la independencia económica y la soberanía política de nuestro pueblo.

Los andamiajes económicos de la dictadura siguen en pie. Martinez de Hoz y Cavallo siguen vivitos y coleando. La Deuda no se investiga porque al ser un crimen prolongado a través del tiempo, involucra a todo el espectro político. Los Gobiernos que se sucedieron desde 1983 no pueden legitimar nada como quisiera la presidenta.

Tengamos claro que la "democracia" actual es solo el negocio turbio de una clase política enquistada en el Estado. Neocolonialismo financiero, y no más que eso. La alternancia bípeda del sistema agacha la cabeza ante la deuda, nuestra cadena más pesada, el testimonio de nuestra dependencia.

Y por último, no viene mal una pequeña clase de derecho (o de ética) para todos los amigos de este gobierno: Un ilícito sigue siendo ilícito aunque lo bendiga el Congreso, un Gobierno o María Santísima. ¿Que clase de cinismo están aplicando quienes afirman que un hecho ilegal, inmoral e ilegítimo como la deuda externa puede proscribir porque lo aceptó la mafia partidaria del PJ y la UCR? ¿No es esta la verdadera obediencia debida y punto final de la partidocracia?


El Frente Negro